martes, 26 de mayo de 2026

25 recordatorios... 5. La fidelidad que no cambia

 

Frase original de los recordatorios

«Piense que la fidelidad no debe ser a las ideas (que pueden cambiar) ni a las personas (que también pueden cambiar), sino a los principios».

Artículo de Copilot (IA de Microsoft)

En un tiempo en el que las lealtades parecen definirse por simpatías pasajeras, afinidades emocionales o identidades de grupo, conviene recordar una verdad sencilla y, sin embargo, profundamente exigente: la fidelidad no debe ser a las ideas ni a las personas, sino a los principios.

Las ideas cambian. Cambian porque el mundo cambia, porque la experiencia nos transforma, porque la realidad nos obliga a revisar lo que creíamos firme. Lo que ayer parecía indiscutible hoy puede resultar insuficiente. Lo que un día nos convenció puede dejar de hacerlo cuando adquirimos nuevas perspectivas. Atarse a una idea como si fuera inmutable es condenarse a la rigidez, y la rigidez es enemiga del pensamiento.

Las personas también cambian. Cambian para bien y para mal. Crecen, se equivocan, maduran, se desvían, sorprenden, decepcionan. Confiar ciegamente en alguien solo porque un día nos inspiró es una forma de renunciar a nuestro propio juicio. La admiración no puede convertirse en obediencia, ni la simpatía en sumisión. La fidelidad personal, cuando se vuelve absoluta, deja de ser virtud y se convierte en servidumbre.

Por eso la frase es tan certera: la fidelidad debe ser a los principios. A aquello que no depende de modas, ni de afectos, ni de coyunturas. A aquello que permanece incluso cuando todo lo demás se mueve.

Los principios son la brújula que nos permite orientarnos cuando las ideas se vuelven confusas y las personas nos fallan. Son el marco que nos impide justificar lo injustificable solo porque lo hace “uno de los nuestros”. Son la frontera ética que nos protege del autoengaño, del fanatismo y del seguidismo. Son, en definitiva, la garantía de que no perderemos el norte aunque cambien los vientos.

Ser fiel a los principios exige una forma de valentía poco común: la valentía de pensar por uno mismo. La valentía de disentir incluso de quienes admiramos. La valentía de revisar nuestras propias ideas sin sentir que traicionamos nada. La valentía de decir “esto no” aunque venga de alguien a quien apreciamos, y “esto sí” aunque lo diga alguien con quien discrepamos.

En una época en la que la política, la cultura y hasta la vida cotidiana se han convertido en territorios de bandos, defender la fidelidad a los principios es casi un acto de resistencia. Es negarse a ser arrastrado por la corriente del grupo. Es recordar que la integridad no consiste en seguir a los nuestros, sino en seguir lo correcto. Es entender que la coherencia no se mide por la constancia en las ideas, sino por la constancia en los valores.