miércoles, 27 de mayo de 2026

25 recordatorios... 6. La tentación de dividir el mundo en dos bandos

 

Frase original de los recordatorios

«No divida el mundo entre amigos y enemigos, entre los nuestros y los otros, y así no tendrá que incluir a quienes lo rodean en uno de esos dos grupos incompatibles».

Artículo de Copilot (IA de Microsoft)

Pocas inclinaciones humanas son tan antiguas —y tan peligrosas— como la de dividir el mundo en dos grupos: los amigos y los enemigos, los nuestros y los otros. Es una simplificación tentadora, casi instintiva. Reduce la complejidad, alivia la incertidumbre y ofrece una sensación de pertenencia inmediata. Pero también empobrece la mirada, endurece el juicio y deteriora la convivencia.

Por eso es tan valiosa la advertencia: no divida el mundo entre amigos y enemigos, entre los nuestros y los otros, y así no tendrá que incluir a quienes lo rodean en uno de esos dos grupos incompatibles.

La frase señala algo esencial: cuando uno adopta esa lógica binaria, tarde o temprano se ve obligado a clasificar a las personas que quiere, que respeta o que simplemente conviven con él. Y esa clasificación, por definición, es injusta. Nadie cabe entero en una etiqueta. Nadie es solo “de los nuestros” o “de los otros”. La vida humana es demasiado rica para reducirla a dos casillas.

La división en bandos es cómoda, pero es falsa. Y, sobre todo, es dañina.

Cuando uno divide el mundo en dos, deja de ver personas y empieza a ver categorías. Deja de escuchar argumentos y empieza a escuchar identidades. Deja de pensar y empieza a reaccionar. El otro deja de ser un interlocutor y se convierte en un adversario. Y, en ese momento, la conversación se rompe.

La convivencia democrática exige lo contrario: reconocer la pluralidad sin convertirla en enemistad. Aceptar que quien piensa distinto no es una amenaza, sino una oportunidad para ampliar la mirada. Entender que la discrepancia no es un ataque, sino una forma de enriquecimiento mutuo. Asumir que la diversidad no es un problema que resolver, sino una realidad que gestionar con inteligencia y respeto.

Además, la división en bandos tiene un efecto perverso: nos obliga a traicionar nuestra propia experiencia. Porque todos sabemos que la vida está llena de matices. Que hay personas con las que coincidimos en unas cosas y discrepamos en otras. Que alguien puede tener una idea que nos irrita y, al mismo tiempo, una virtud que admiramos. Que nadie es completamente afín ni completamente ajeno.

Cuando renunciamos a esa complejidad, renunciamos a la verdad.

La frase que nos ocupa propone una alternativa más humana y más sensata: no dividir para no tener que excluir. No simplificar para no tener que deformar. No trazar fronteras para no tener que empujar a nadie al otro lado. Es una invitación a mirar a los demás sin prejuicios, sin trincheras y sin la necesidad de clasificarlos.

En un tiempo en el que la polarización parece la norma y la pertenencia a un grupo se ha convertido en una identidad casi religiosa, defender esta idea es un acto de lucidez. Es recordar que la convivencia no se construye con bandos, sino con puentes. Que la sociedad no se sostiene con etiquetas, sino con vínculos. Que la democracia no se alimenta de enemigos, sino de ciudadanos capaces de reconocerse mutuamente.