Frase original de los
recordatorios
«No divida el mundo entre
amigos y enemigos, entre los nuestros y los otros, y así no tendrá que incluir
a quienes lo rodean en uno de esos dos grupos incompatibles».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
Pocas inclinaciones humanas
son tan antiguas —y tan peligrosas— como la de dividir el mundo en dos grupos: los
amigos y los enemigos, los nuestros y los otros. Es una simplificación
tentadora, casi instintiva. Reduce la complejidad, alivia la incertidumbre y
ofrece una sensación de pertenencia inmediata. Pero también empobrece la
mirada, endurece el juicio y deteriora la convivencia.
Por eso es tan valiosa la
advertencia: no divida el mundo entre amigos y enemigos, entre los nuestros y
los otros, y así no tendrá que incluir a quienes lo rodean en uno de esos dos
grupos incompatibles.
La frase señala algo esencial:
cuando uno adopta esa lógica binaria, tarde o temprano se ve obligado a
clasificar a las personas que quiere, que respeta o que simplemente conviven
con él. Y esa clasificación, por definición, es injusta. Nadie cabe entero en
una etiqueta. Nadie es solo “de los nuestros” o “de los otros”. La vida humana
es demasiado rica para reducirla a dos casillas.
La división en bandos es
cómoda, pero es falsa. Y, sobre todo, es dañina.
Cuando uno divide el mundo en
dos, deja de ver personas y empieza a ver categorías. Deja de escuchar
argumentos y empieza a escuchar identidades. Deja de pensar y empieza a
reaccionar. El otro deja de ser un interlocutor y se convierte en un
adversario. Y, en ese momento, la conversación se rompe.
La convivencia democrática
exige lo contrario: reconocer la pluralidad sin convertirla en enemistad.
Aceptar que quien piensa distinto no es una amenaza, sino una oportunidad para
ampliar la mirada. Entender que la discrepancia no es un ataque, sino una forma
de enriquecimiento mutuo. Asumir que la diversidad no es un problema que
resolver, sino una realidad que gestionar con inteligencia y respeto.
Además, la división en bandos
tiene un efecto perverso: nos obliga a traicionar nuestra propia experiencia.
Porque todos sabemos que la vida está llena de matices. Que hay personas con
las que coincidimos en unas cosas y discrepamos en otras. Que alguien puede
tener una idea que nos irrita y, al mismo tiempo, una virtud que admiramos. Que
nadie es completamente afín ni completamente ajeno.
Cuando renunciamos a esa
complejidad, renunciamos a la verdad.
La frase que nos ocupa propone
una alternativa más humana y más sensata: no dividir para no tener que excluir.
No simplificar para no tener que deformar. No trazar fronteras para no tener
que empujar a nadie al otro lado. Es una invitación a mirar a los demás sin
prejuicios, sin trincheras y sin la necesidad de clasificarlos.
En un tiempo en el que la
polarización parece la norma y la pertenencia a un grupo se ha convertido en
una identidad casi religiosa, defender esta idea es un acto de lucidez. Es
recordar que la convivencia no se construye con bandos, sino con puentes. Que
la sociedad no se sostiene con etiquetas, sino con vínculos. Que la democracia
no se alimenta de enemigos, sino de ciudadanos capaces de reconocerse
mutuamente.