Frase original de los
recordatorios
«Si cree que sus ideas son
mejores que las de su adversario, exíjale más trabajo y más honradez a los que
las defienden que a los que defienden otras: los ciudadanos se merecen siempre
lo mejor».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
Una de las paradojas más
llamativas de la conversación pública actual es la facilidad con la que muchos
ciudadanos exigen excelencia a los adversarios mientras toleran la mediocridad
en los propios. Se condena con dureza lo que hace “el otro”, pero se justifica,
se minimiza o se silencia lo que hace “el nuestro”. La política se ha
convertido en un deporte de rivalidades, y cada cual anima a su equipo con
fervor, aunque juegue mal, aunque haga trampas, aunque defraude.
Por eso resulta tan pertinente la
idea que nos ocupa: si uno cree que sus ideas son mejores que las de su
adversario, debería exigir más trabajo y más honradez a quienes las representan
que a quienes defienden otras. Porque, al final, los ciudadanos se merecen
siempre lo mejor.
Esta afirmación, aparentemente
sencilla, encierra una ética democrática profunda. Significa que la calidad de
una idea no se mide solo por su contenido, sino también por la conducta de
quienes la encarnan. Una buena propuesta defendida por personas negligentes,
incompetentes o deshonestas se degrada. Una mala idea defendida con brillantez
puede engañar. Por eso la responsabilidad del ciudadano no es solo elegir
ideas, sino vigilar a quienes las llevan a la práctica.
La política contemporánea, sin
embargo, funciona al revés. La lealtad al grupo pesa más que la lealtad a la
verdad. La identidad partidista se ha vuelto una especie de refugio emocional
donde se perdona todo mientras venga del propio bando. Se exige transparencia
al adversario, pero se disculpa la opacidad del aliado. Se pide rigor al otro,
pero se tolera la chapuza en casa. Se reclama honradez al rival, pero se mira
hacia otro lado cuando el propio tropieza.
Esta asimetría es corrosiva. No
solo empobrece el debate: degrada la democracia. Porque una sociedad que
no exige excelencia a quienes la representan termina gobernada por los peores.
Y no por culpa de ellos, sino por culpa de quienes los aplauden sin exigirles
nada.
La idea de “pedir más a los
nuestros” no es un acto de traición, sino de responsabilidad. Significa
entender que la política no es un juego de suma cero, sino un servicio público.
Que el objetivo no es que gane mi bando, sino que gane la ciudadanía. Que la
fidelidad no debe ser hacia un partido, sino hacia unos principios. Y que la
crítica interna no debilita una causa: la fortalece.
Exigir más trabajo y más honradez
a quienes defienden las ideas que consideramos valiosas es, en realidad, una
forma de protegerlas. Es impedir que se contaminen, que se trivialicen, que se
conviertan en excusas para justificar lo injustificable. Es recordar que las
ideas no se defienden solo con palabras, sino con comportamientos.