sábado, 5 de enero de 2013

Muchas gracias



Uno escribe para definir lo que tenía dentro de una forma embarullada o por el placer de urdir una historia que antes no existía. El ejercicio de la escritura se hace en la más absoluta soledad (en mi caso, es casi un vicio solitario) y tiene el premio del ejercicio, como el que estudia no para que le den un título, sino por el gusto de aprender. Cuando la obra se termina, sin embargo, al escritor le gusta que su obra vea la luz y sea leída por otros. Hay en ello múltiples causas: fundamentalmente, que la literatura es una forma de expresión y, en consecuencia, que la obra sólo se completa cuando es leída por otro (en el teatro se ve muy claramente). Que el escritor le puede sacar un rendimiento económico a su trabajo. Y que el escritor, como artista que es, recibe una recompensa emocional con el aplauso del público o con cualquier otro reconocimiento.  

Como decía Juan Bautista Humet en aquella canción gloriosa, “a mí también me mueve el dinero y la vanidad”, pero me mantengo alerta para que no se me note mucho, porque lo considero indecoroso. Lo decoroso, creo yo, es escribir por el gusto de expresarse y dejar luego que sea el mundo el que decida qué es lo que hace con lo que has hecho. Al fin y al cabo, algún día esta civilización que hemos creado se irá al carajo y con ella se irán también todas sus obras, hasta las supuestamente más inmortales.

La gratificación económica y la emocional nacen, generalmente, en el ámbito más cercano y crecen a partir de él. No en vano, a las presentaciones de libros suelen ir la familia, los amigos, los afectados por algún compromiso con el autor y unas cuantas personas más, de los que el escritor suele recibir mensajes de afecto personal que casi nunca tienen mucho que ver con su obra.

Para completar la obra, en cambio, se necesita un lector atento, y es mejor que dicho lector sólo asuma el papel de tal (que no sea ni tu mujer, ni tu hijo, ni tu hermano, ni tu amigo…), para que realice su tarea con la mayor naturalidad posible.

Internet ha puesto a disposición de los creadores una multitud de gente anónima dispuesta a completar su obra. El mundo de internet es efímero (sólo más efímero que el mundo físico, en realidad) pero inabarcable, de tan inmenso, y en él hay un hervidero de personas con la misma sensibilidad que cualquier artista y sus mismos gustos. La ambición de los autores de encontrarse con seres afines que sintonicen con su alma y completen su obra es casi siempre posible en internet.

Como el espíritu del ser humano es esencialmente el mismo, los lectores atentos pueden estar en cualquier parte. Que alguien extraño a mí y de un país lejano complete con su lectura lo que yo he escrito en la soledad de mi casa me provoca tanto asombro como placer y es, además, el mejor reconocimiento que yo pueda recibir por mi obra.

Durante los cinco meses de 2012 que ha estado operativa la página juanboscocastilla.com, ha recibido 55.267 solicitudes de las más diversas partes del mundo. A todos los que las han formulado, muchas gracias. A modo de ejemplo, recojo a continuación el origen de las solicitudes durante el mes de diciembre.


www.juanboscocastilla.com en DICIEMBRE de 2012




"Páginas": Cuántas páginas han visitado los usuarios en la web.
"Solicitudes": La cantidad de solicitudes de elementos de la web (imágenes y texto) realizadas por el navegador de internet de la persona que llegó a la website. Suponiendo que la página principal de la web posea dos bloques de texto y tres imágenes (en juanboscocastilla.com, fundamentalmente, texto) y una persona visita esta página, el navegador de esta persona hará un total de cinco solicitudes (cinco hits) en la web.
 

viernes, 4 de enero de 2013

Al molino de La Jurada



             En una entrada anterior, titulada “Camino de San Benito”, ponía yo de manifiesto lo absurdo del límite provincial entre Córdoba y Ciudad Real, que también lo es de Andalucía y Castilla-La Mancha, ya que está fijado en el curso del río Guadalmez, con lo que deja en el término de Almodóvar del Campo (en tierra de nadie, en realidad) a la aldea de San Benito, que pertenece naturalmente a la comarca de Los Pedroches. Un amable lector de esta página me ha remitido una copia digitalizada de la edición del día 16 de mayo de 1846 del periódico El eco del comercio en el que se pone de manifiesto el disgusto existente en Los Pedroches por la división provincial realizada en 1833 por Javier de Burgos, ya que la misma no atendió a los límites marcados hasta entonces, que iban por las cumbres de las montañas, y trazó en su lugar la línea más fácil que marcaba el cauce del río. No sabemos la repercusión que tuvo la protesta en Madrid, pero no parece que fuera mucha, a tenor de lo que acabó sucediendo y del cabreo que mostraba el corresponsal en Torrecampo del citado periódico en el último párrafo del artículo, en el que se despachaba a gusto contra los diputados “tirios y troyanos”, que ni se ocupaban de la usurpación de las dehesas comunales por los terratenientes, ni de restablecer los puentes derruidos sobre el Guadalmez, ni de ningún otro bien de estos pueblos.
             Juan y yo, en la mañana del último día del año 2012, hemos caminado por ambas orillas del río Guadalmez, como hacen los linces que dominan estos lugares, y las nutrias, y los ciervos, y los jabalíes, ajenos a esas líneas divisorias que separan a los hombres, conscientes de que los bosques son de sí mismos, no de un hombre o de otro, y de que son de sí mismos los lobos, y el aire, y los ríos, y los mares, y de que Los Pedroches no son de los habitantes de Los Pedroches, sino de la humanidad, por lo que también son de los habitantes de Los Pedroches los altos del Pirineo y los llanos de la Amazonía, ajenos, por tanto, a ese aldeanismo cerril y caduco que divide a la Tierra (con mayúsculas) en parcelas y se la adjudica a las naciones (que no son sino obsesiones temporales).


            Hemos dejado el coche sobre el puente viejo que la A-437, entre Torrecampo y el límite provincial, tiene sobre el río Guadalmez, y hemos tomado el camino que se abre río arriba, ya en el término de Almodóvar. Juan que, como las grullas que vi ayer por la cañada de La Mesta, volverá pronto al Norte, me recordó enseguida las veces que los he traído a él y a su hermano a recorrer estos parajes. 
             Los territorios son algo vivo. Están llenos de animales y de vegetales y, sobre todo, están llenos de historias. Por eso no se puede describir un paseo sin hablar de lo que al paseante le evoca el lugar por el que pasea. Y yendo con su hijo, a solas, al alma del paseante le afloran montones de emociones y sentimientos. Este, como el de los recorridos largos en coche, es un buen momento para la confidencia, y en la confidencia los padres transmiten mejor a sus hijos los principios morales que quieren para ellos. En mi caso, que se guíen sin miedo, sin ideologías previas y sin prejuicios, que arriesguen hasta donde sea posible y que amen a la gente por lo que hace, no por lo que dice o por lo que es. 
             Juan y yo hemos recorrido el primer tramo del camino desviándonos a la derecha cuando el sotobosque de, fundamentalmente, adelfas, tamujos y zarzamoras lo hace posible para observar el cauce del río y el mismo bosque, formado por sauces, álamos y alisos. Aunque en algunos tramos la extracción de áridos ha desarbolado la ribera y ha ensanchado el cauce, el bosque está, en general, muy bien conservado, y junto con el río sirve de morada a distintas especies de anfibios, de peces, de aves y de mamíferos, lo que hace que este territorio esté incluido en el Plan Especial de Protección del Medio Físico, realizado por la Junta de Andalucía en 1984, como “Complejo Ribereño de Interés Ambiental”. 


            Próximos a la ribera, se hallan por ambos márgenes los restos de varios molinos, como el de Las Tres Paradas, junto al que hubo un puente hasta el siglo XVII, el de Camacho, el de Casimiro y el de Los Bobadillas. Nuestro destino es el molino de La Jurada, que aún está en pie con todas sus instalaciones internas, aunque rodeado de las ruinas de sus edificaciones anejas. Para llegar hasta él, debemos girar a la izquierda (hacia el Este) cuando el camino se encuentra con una casa de labor, pasar por delante del cortijo de Julio y volver hacia el Sur para coger el camino de Torrecampo a El Horcajo, por el que se atravesará el río Guadalmez.
             El molino de La Jurada se levanta entre el arroyo Navalengua, que desemboca en el Guadalmez unos cuantos metros más adelante, y este río, por el que debemos cruzar nosotros si queremos cumplir con nuestro objetivo inicial. La cuestión, sin embargo, no es baladí, pues aunque hay unas pasaderas, el abundante caudal ha vuelto escurridizas las piedras, lo que podría dar con nuestros huesos en el río, que por aquí tiene más de medio metro de profundidad. 
             Como el riesgo es elevado, dejamos lo más sensible al agua escondido entre unos tamujos (la cámara de fotos, el móvil y la cartera) y cruzamos el río con la ayuda de un palo. Ya en el otro lado, observamos en el suelo el tronco del mítico pino que hasta que lo derribó el viento (de eso hará un par de años) daba idea, como un faro, de la ubicación del molino desde varios kilómetros de distancia y recorremos luego el caz por el que se conducía el agua al artilugio, una obra monumental de más un kilómetro de longitud en cuyo suelo de barro se agolpan ahora las huellas de los ciervos. 


            La vuelta al molino lo hacemos por la vega del río. Tras cruzar en sentido inverso la corriente, recogemos nuestras cosas y nos disponemos a desandar el camino. Los pocos kilómetros que nos quedan los hacemos a buen ritmo y hablando de esto y de lo otro, como deben hacer –pienso yo– un padre y un hijo.



miércoles, 2 de enero de 2013

Por la cañada de La Mesta



              La cañada Real Soriana Oriental entra en Andalucía por el término de Torrecampo, muy cerca de la ermita de la Virgen de Veredas (que se ubica sobre ella y a la que muy probablemente deba el nombre), y sigue hasta las proximidades de El Guijo, donde se divide en dos ramas, la que continúa hacia el Sur hasta la provincia de Sevilla, que mantiene el apelativo que traía, y la que sigue hacia el Oeste hasta la provincia de Badajoz, denominada, simplemente, cañada de La Mesta. Las cañadas son las vías pecuarias más importantes (75 metros de anchura) y tienen un trazado de Norte a Sur, ya que su función era comunicar los territorios templados del Sur, que se aprovechaban por el ganado durante los meses fríos del año, con las regiones del Norte, que se aprovechaban durante los meses más cálidos. Las cañadas fueron fundamentales en la formación de la personalidad de los territorios por donde pasaban, pues los pastores trashumantes llevaban sus costumbres de un lugar a otro y, por ello, lo fueron también en Los Pedroches, como, entre otros, ha puesto de manifiesto Luis Lepe en su libro monumental sobre la música tradicional de esta tierra.


                Dos de mis amigos y yo anduvimos el pasado domingo por la Cañada de La Mesta y oímos y vimos a cientos de grullas, esas aves gritonas y majestuosas que, en un viaje similar al que hasta los años sesenta del pasado siglo hacían los pastores del norte de España, vienen a nuestros campos a pasar el invierno y vuelven a los territorios del norte de Europa (donde nidifican) cuando llega la primavera.


                Los trenes y los camiones, primero, y los piensos, después, hicieron innecesaria la trashumancia. Ahora, la trashumancia es otra. Ahora que hay medios para fabricar en cualquier parte y que las comunicaciones posibilitan que un producto se pueda poner en las antípodas sin demasiados problemas y en poco tiempo, nuestros jóvenes se ven obligados a tomar el avión para buscarse la vida en los territorios donde nidifican las grullas, para mayor vergüenza de la generación que los trajo al mundo y de los dirigentes de una sociedad que, antes que ponerse de acuerdo para armar una solución, siguen tirándose los trastos a la cabeza, incapaces de la más mínima autocrítica, en un espectáculo que da idea tanto de su incompetencia intelectual como de su miseria moral.


                Para coger la Cañada de La Mesta, hemos tomado la carretera de El Viso a Hinojosa del Duque (CO-136) y nos hemos desviado hacia la derecha en el camino que se abre al pasar el puente sobre el embalse de La Colada, por el que hemos transitado durante unos seis kilómetros. Nada más tomar el camino, me he bajado del coche para hacer unas fotos a los esqueletos de los árboles que hunden sus raíces bajo el agua, desde los que han volado decenas y decenas de aves de distintas clases, aunque otras pocas se han quedado en las ramas, semiocultas en la penumbra gris que provocaban, conjuntamente, la niebla y la escasa luz de la amanecida.


                Como el pantano de La Colada ha partido en dos la cañada de La Mesta, el camino a pie lo hemos iniciado muy cerca del agua. La cañada aquí ha sido respetada en su integridad por los propietarios colindantes, que dedican sus heredades a la ganadería ovina, fundamentalmente, y su enorme anchura tiene una vegetación distinta, de retamas enormes y de algunas encinas, por lo que se dibuja en el ondulado paisaje como una autopista de verde oscuro sobre el verde claro de la hierba. 


                El camino que se abre por la cañada tiene un paso elevado sobre el arroyo del Fresno, en el que conviene detenerse a ver la erosión que el agua ha provocado recientemente en la arenosa ladera del monte y el pequeño salto que da en dos brazos iguales. También conviene hacer un alto en el túmulo del Neolítico que hay señalizado un poco más adelante. En el siguiente arroyo, el llamado de Pozo Burgo, es fácil equivocar la ruta. Nosotros nos equivocamos, de hecho. La cañada hace un giro de noventa grados y sigue hacia el Norte pegada al arroyo, como si su vegetación fuera la que flanquea la corriente, en tanto que otro camino continúa hacia el Oeste con la misma anchura que traía, si bien pasados unos pocos centenares de metros se estrecha considerablemente y, con ello, se alienta la sospecha del error, que alcanza el grado de certeza en cuanto se ve a la derecha, ya separada del arroyo, cómo gatea por las lomas descubiertas de árboles la gruesa línea de arbustos de que está cubierta la cañada, que discurre en paralelo como a medio kilómetro de distancia.


                El error, cuando se trata de elegir caminos, no siempre es negativo. El camino que cogimos es más angosto y por algunos tramos era un auténtico barrizal, pero es más hermoso. En él vimos una suerte de agujero artificial cubierto por una losa de granito cuyo fin no alcanzamos a determinar con certeza y desde él observamos la mayor concentración de grullas, si bien no dejamos de oír su trompeteo y de verlas volar casi en ningún momento. 


                Al cabo de tres kilómetros, el camino termina en la cañada con un giro de esta en sentido inverso al anterior, hacia el Sur. Nosotros iniciamos el recorrido de vuelta en la cañada, que asciende poco a poco una loma en cuya cima hay un vértice geodésico que nos sirvió de mesa para la merienda. Desde ella, se ve hacia el Oeste un territorio yermo y, al fondo, la parte más alta de la imponente torre del homenaje del castillo de los Sotomayor y Zúñiga de Belalcázar, que emergía de la tierra tras los sutiles velos de la bruma.


                Hacia el Sur y hacia el Este la llanura está salpicada de huertos con olivos, de encinas dispersas, de algunos eucaliptos, del blanco de las casas de labor, del marrón de las hazas recién aradas y, casi siempre, de una escuadrilla de grullas que, aquella mañana, trazaba su vuelo oscuro sobre el plomizo claro de las nubes.


                Pronto, las grullas que vimos volverán al Norte para buscarse la vida y dejarán este paisaje sin su alegre griterío y sin los bellos dibujos de su vuelo. También muchos de nuestros hijos viajarán al Norte y dejarán este paisaje sin su formación, sin su talento y sin su alegría. Las grullas volverán antes de que empiece el próximo invierno y su presencia nos complacerá de nuevo. ¿Volverán, como ellas, nuestros hijos al pueblo que los vio nacer? ¿Será empleado en nuestra sociedad el dinero que nos costó formarlos? ¿Se dulcificará la vejez de sus padres con su presencia y la de sus hijos?