sábado, 18 de julio de 2015

La confianza*

            La confianza en los demás es fundamental en todas las sociedades, incluidas las humanas, aunque no le damos importancia porque, como ocurre con las buenas noticias, lo más usual es que se practique. Cuando voy por la calle, por ejemplo, lo hago confiado en que los viandantes me respetarán, igual que yo los respeto a ellos. Cuando me tomo una cerveza en un bar confío en que el camarero me dará una en buenas condiciones. Y cuando cruzo andando un semáforo confío en que a ninguno de los conductores que aguardan parados le va a dar por saltarse las reglas y atropellarme.

            Cuando la sociedad se organiza y crea las instituciones públicas, lo primero que hace es dotar de rigor a la confianza, extenderla y reforzarla. Así, si no llevamos pistolas, como ocurría en el Lejano Oeste, es porque confiamos en que la policía y los jueces nos defenderán de la mala voluntad ajena. Igual que confiamos en que los establecimientos públicos serán supervisados y castigados si incumplen las normas que hay establecidas y confiamos en que serán perseguidos los conductores que ponen en peligro la vida de los otros. En realidad, la primera función de las normas jurídicas es generar confianza, a fin de que todo el mundo sepa a qué atenerse y actúe en consecuencia.



            Generar confianza es también la primera función de las normas sociales, que se aplican siempre y en todo lugar, aunque haya quien se las salta sistemáticamente porque no le importa el castigo que conllevan, que nunca puede ir más allá del reproche de la comunidad. De hecho, las personas de fiar son aquellas que cumplen las normas con que la sociedad se ha dotado para generar confianza. Y, a la inversa, una persona no es de fiar cuando no sabemos a qué atenernos con ella. Con una persona de fiar se pueden tener negocios y hacer proyectos comunes, en tanto  que debe huirse como de la peste de una persona que no es de fiar. 
           
            Aunque poca gente lo sabe, porque se dice poco, a Grecia se le hizo en marzo de 2012 una quita de unos cien mil millones de euros, lo que supuso una pérdida real del 78,5% del dinero invertido por los bancos y los fondos de inversión que poseían títulos de la deuda helena. Se iniciaba con ello el segundo rescate de Grecia, que inyectó, además, una buena cantidad de miles de millones de euros en las arcas de ese país, cuya deuda ya no era mayoritariamente con bancos y fondos de inversión, sino con instituciones públicas, entre ellas el Estado español.


            No viene al caso aquí detenerse en un asunto que está siendo tratado con abundancia en todos los medios de comunicación. Lo que quiero reseñar ahora es que pasados tres años de aquello los representantes del Gobierno de Grecia debían reunirse con sus acreedores para decirles que no podían devolverles el dinero que habían recibido prestado y que, además, necesitaban más dinero, un tercer rescate. Da igual que se considere de un signo político o de otro al Gobierno griego. Lo importante es que estaba recién elegido y que contaba con la confianza del pueblo para negociar ante sus socios, quienes, comprensiblemente, desconfiaban del Estado griego, pues había entrado en el euro amañando las cifras y había sido incapaz de implementar las medidas estructurales necesarias para salir de la situación en que se encontraba Grecia, las mismas medidas (¡ojo!) que esos países aplicaban a sus ciudadanos, como una Administración tributaria más eficiente, un IVA más alto o una edad más elevada para jubilarse.

            Pero el Gobierno griego, en lugar de intentar ganarse la confianza de sus socios, se dedicó durante varios meses a eso que aquí aplicamos tan comúnmente y que se conoce como “dar largas”, con la creencia de que el tiempo jugaba a su favor, pues tenía tan enganchados a sus socios que no podía caer al abismo sin arrastrarlos con él. Es más, casi en el último momento, se levantó de la mesa de negociaciones y, sin decir nada a aquellos con los que se sentaba, convocó un referéndum para el domingo siguiente, y en ese poco tiempo se dedicó a persuadir a los ciudadanos de que debían votar que no a las propuestas que les hacían sus socios y acreedores, con el argumento de que de esa manera se sentiría más respaldado en sus exigencias.


            Un pueblo bien representado se expresa a través de sus representantes, que son los que negocian y pactan en su nombre. La esencia de la democracia está en la representación, y no en los referéndums. Un referéndum, no obstante, se vende muy bien, porque parece que detrás de él está la inequívoca voluntad del pueblo, y que quien va contra esa voluntad está deslegitimado. Pero el pueblo no tiene por qué tener una imagen clara de los asuntos complejos. El pueblo se guía por intuiciones y por emociones, igual que se guían los individuos. El pueblo griego, en fin, vio en el referéndum la oportunidad de expresar su malestar por todo lo que le estaba ocurriendo y votó que no.

            Y con ese no como argumento de peso volvió el Gobierno griego a la mesa de negociación. Los otros gobiernos (que eran 18) no tenían que consultar a sus respectivos pueblos para sentirse respaldados por ellos. Es más, creyeron que la convocatoria del referéndum había sido un intento de coacción inadmisible en una negociación de buena fe y  perdieron la poca confianza que aún les ofrecía el Gobierno griego. Cuando uno no se fía de otro tiende a dejarlo en la cuneta o, en otro caso, a pedirle toda clase de garantías, hasta extremos que pueden llegar a ser humillantes. Es lo que hay cuando no se cuenta con la palabra como respaldo.


            El Gobierno griego, que unos cuantos días antes podía escoger entre lo malo y lo peor, debía escoger ahora entre lo pésimo y lo que hay más allá de lo pésimo y optó por lo primero. Y con esa elección se presentó en Atenas, ante su pueblo.

            El resultado es que ya nadie se fía de nadie: obvio es decir que el Gobierno griego ha perdido la confianza que el pueblo le otorgó en su momento. Pero el pueblo griego tampoco se fía del resto de Europa, y el resto de Europa no se fía del Gobierno y del pueblo griegos. Mal asunto, porque ya hemos dicho que la confianza es fundamental para el buen funcionamiento de todas las sociedades.


* Publicado en el semanario La Comarca
   Hice las fotos en Grecia, en el verano de 2008