En mi memoria guardo una colección de huidas forzosas. Una vez, en la romería de la Virgen de Luna, los operarios que gestionaba el tráfico me condujeron de un punto a otro hasta que terminaron guiándome a la salida. El paraje no daba más de sí: había tanta gente que ya no cabía un alfiler. Y no ha sido un caso aislado. Algo parecido me ha ocurrido en otros lugares, otras veces. En la feria del Lechón de Cardeña, por ejemplo, donde los bares estaban desbordados y acabé perdiendo la paciencia junto a la barra, atrapado entre un gentío que competía por llamar la atención de los camareros. O en la fiesta de las Cruces de Añora, con las calles literalmente a rebosar, derramando visitantes porque ya no cabía ni uno más y, aun así, los que llegábamos teníamos que ocupar algún hueco.
¿Por qué se anuncian? ¿Qué sentido tiene que los
ayuntamientos y otras instituciones inviertan dinero público en atraer aún más
visitantes cuando el lugar ya está saturado, cuando quienes lleguen no tendrán
espacio, acabarán marchándose decepcionados o generarán incomodidad tanto en
los vecinos como en los propios visitantes? ¿No se dan cuenta de que están
forzando a la sociedad a una especie de indigestión colectiva, creando mal
ambiente, malas experiencias y, al final, una mala reputación para el propio destino?
¿No son conscientes de que ni siquiera los industriales de la restauración
quieren esa concentración de negocio en tan poco espacio y tan poco tiempo?
He escuchado a vecinos de Valencia decir en televisión que
Las Fallas se les han ido de las manos, que ya casi no las reconocen porque han
dejado de ser lo que eran. Por lo visto, allí ocurre lo mismo que en tantos
otros lugares: la «turistificación» o la «gentrificación» deja en los
residentes una sensación agridulce. El éxito atrae multitudes, pero al mismo
tiempo desplaza la esencia original de la fiesta, que pierde su espíritu
tradicional y familiar para transformarse en un espectáculo masificado y en una
industria más.
Las instituciones nos venden como éxito el título de fiesta
de interés turístico, cuando es un arma de doble filo, pues funciona como un
motor económico impresionante, pero a menudo actúa como un «disolvente» de la
identidad local. Lo he visto en los pueblos de mi zona, donde con frecuencia
existe el llamado «Efecto Museo», pues la fiesta ha dejado de ser algo que los
vecinos «hacen» para divertirse para ser algo que los vecinos «representan»
para que otros lo vean. Se vuelve, en fin, una coreografía rígida y
subvencionada, cuando no artificial, realizada directamente por los
ayuntamientos. Es la «Paradoja de la Autenticidad», en virtud de la cual el
turista busca una autenticidad que su propia presencia destruye.
Se lo comenté a mi amigo Rafael mientras subíamos juntos el
cerro de Masatrigo, en Badajoz. «Aunque mi blog tenga muy pocos lectores, me da
reparo declarar la felicidad que estamos sintiendo aquí», le dije. «Temo que,
si lo cuento, contribuya a que esto se llene de gente y deje de ser lo que es:
un pequeño paraíso en uno de los rincones más ignorados de España».
*La ruta que seguimos está aquí.
