miércoles, 23 de julio de 2025

Prejuicios

 

A lo largo de mi vida he practicado varios deportes, pero nunca había ido a un gimnasio. Lo veía como un recinto donde la gente estaba demasiado pendiente de su cuerpo, cuando no ensimismada con él. No había juego en el gimnasio, ni rivalidad, ni contienda, ni búsqueda del equilibrio mental, sino una aburrida repetición de ejercicios en un ambiente superficial y, en algunos casos, narcisista que buscaban mejorar la parte más a la vista de sus usuarios.

En los últimos tiempos, yo había leído algunos artículos ponderando las bondades de los gimnasios, especialmente para la gente mayor. Y había leído que el ejercicio de andar (el único que practicaba) no retrasa por sí solo la pérdida de masa muscular, algo común con la edad. Pero ni por esas quería ir a un gimnasio, pues era más fuerte la idea previa que tenía. Si acabé asistiendo a uno, fue por no oír más a mi mujer, cuyas repetidas razones para que la acompañara al que ella iba tuve durante mucho tiempo por cancamusas.

Ahora, con el paso de los meses y la experiencia acumulada, puedo afirmar que estaba equivocado. Los gimnasios —especialmente si son como al que asisto— no solo ayudan a frenar el deterioro físico propio de la edad, sino que también se convierten en una valiosa fuente de equilibrio mental. Pero la cuestión más importante, la que quiero abordar aquí, es la del prejuicio. ¿Qué me habían hecho a mí los gimnasios, para que yo tuviera esa idea equivocada de ellos? Evidentemente la causa no estaba en los gimnasios mismos ni en la gente que iba a ellos, que no ha cambiado, sino en mí. ¿Tenía yo alguna inseguridad relacionada con mi cuerpo que proyectaba sobre los demás? ¿Había tenido alguna experiencia negativa, había sentido alguna mirada incómoda, tenía celos o envidia de quienes eran más guapos y más fuertes que yo? Algo de eso habría, o quizá de todo un poco.

La realidad de este prejuicio sugiere la existencia de otros, que deben hallarse agazapados en las sombras de mi conciencia. Yo escribo y opino públicamente. ¿Lo hago con libertad, consciente y desde un punto de vista crítico, sin ideas previas que determinen lo que voy a pensar? ¿Tengo una ideología que condicione mis ideas, por ejemplo? ¿Las condicionan mi contexto social, mi situación económica, mi entorno familiar, los medios de comunicación a los que accedo? Leo continuamente a gente que opina en una sola dirección, cuyas razones sobre cualquier tema son lineales y previsibles. ¿Soy así yo? ¿Deben los que me leen leer luego a otros porque no se fían de mí, porque piensan que mi verdad debe confrontarse siempre con otra verdad?

Y si es así (y así debe ser), ¿qué filtros aplicó? ¿Qué gafas me pongo para ver la realidad? ¿Qué hace que mi juicio no sea limpio y neutral, sino estereotipado y automático? ¿Qué sesgos hay detrás de mi sentido común?

Y lo más importante, ¿estoy dispuesto a superar mis miedos y mis prejuicios? Si alguien me señalara los errores sistemáticos de mis análisis y me situara frente a la realidad del espejo, ¿lo aceptaría y lo agradecería o se activaría en mí un mecanismo de defensa que tacharía de cancamusas esas razones?



martes, 15 de julio de 2025

Una siesta de tres horas

Desde que me jubilé, duermo a demanda, así que, salvo que deba cumplir con un compromiso externo, nunca pongo el despertador, confiado en la natural sabiduría de mi cuerpo. La consecuencia es que me sigo levantando temprano, pero no tanto como cuando trabajaba, y que sigo haciendo una siesta después de comer, normalmente en un sillón. Y eso ocurre cuando estoy en mi casa y cuando estoy fuera, que ahora es la mayor parte del tiempo. No duermo mucho, en fin, pero duermo más adaptado a mi propio ciclo biológico y la consecuencia es que nunca tengo somnolencia.

El caso es que hace unos días, estando en Islantilla, en la casa de unos amigos, me sucedió algo que se sale de lo dicho y yo creo que hasta de lo normal. No había bebido mucho ni había comido copiosamente, vaya eso por delante. Ni había hecho nada fuera de lo común excepto ir a comprar unos chocos al mercado de Isla Cristina, tomar el sol debajo de una sombrilla (que es como lo tomo siempre) y bañarme durante un rato en el Atlántico, cuyas aguas no estaban más frías de lo habitual. Ya digo que mi cuerpo estaba como siempre cuando, tras tomarme una manzanilla, en lugar de dejar que el sueño me venciera en un sillón, me fui a dormir a la cama.

¿Sería eso? ¿Sería que el cuerpo al verse envuelto en el pijama y tendido bocarriba sobre las sábanas supuso que era de noche y se dejó ir? Yo doy gracias «por los minutos que preceden al sueño», como hizo Borges en su Otro poema de los dones. Y los valoro mucho. Esa modorra. Ese abandono. Ese placer de desaparecer poco a poco hasta convertirse en nada. Pero aquel día caí en la cama como el que se hunde en un agujero, como si me hubieran dado un porrazo en la nuca, como un bebé. Y nada recuerdo excepto que cuando me desperté habían pasado tres horas. ¡Tres horas! Lo sé porque miré el reloj mientras aún estaba tendido y porque volví a mirarlo cuando estaba sentado en la cama, atónito, intentando adivinar en qué parte del mundo y en qué tiempo del mundo estaba.

Y lo sé por el cachondeo con que me recibieron mi mujer y mis amigos en la sala de estar. «Te has acostado hasta con pijama. ¡Con razón has estado tres horas dormido!», me dijo Carmen. Yo aún estaba desconcertado. Había pasado varias veces por las fases 1 y 2 del sueño ligero, por la del sueño profundo y por la fase REM y debía haber soñado que me faltaba alguna asignatura para acabar la carrera de Derecho, que es uno de los sueños recurrentes que tengo, porque tenía una flojera como de estudiante fracasado.

«Creo que esta noche voy a tardar en dormirme», dije al cabo de unos segundos, ya en todo mi conocimiento. No fue así, sin embargo. Salimos, dimos una vuelta, nos tomamos algo y, al final del día, me dormí como siempre, dando las gracias «al divino laberinto de los efectos y de las causas» por los minutos que preceden al sueño.