En
ese medio natural, nunca progresan los que siempre van con la verdad por
delante. Unas veces porque se les teme (porque son de temer, en realidad) y
otras porque con la verdad descubren unas carencias que les son necesarias o
unas dotes que, a los ojos de los demás, les sobran. Los que triunfan son los
que mejor saben gestionar la verdad y la mentira, esto es, los que, sin romper
el equilibrio social en el que se integran, actúan de acuerdo con la verdad
cuando les interesa y cuando les interesa actúan de acuerdo con la mentira.
Cuando
los miembros incumplidores de un órgano colegiado, por ejemplo, deben elegir de
entre ellos a un director, raramente optan por el más recto. En una sociedad en
la que abunda la economía sumergida, es muy difícil el éxito de una empresa
totalmente legal. Si la hacienda pública no persigue el fraude con ahínco, los
que más pagan no son los que más ganan, sino los que más declaran. Si la
función pública admite sobornos, las resoluciones las conseguirán antes los más
adinerados y los menos virtuosos.
Como
de deduce de los ejemplos anteriores, la distribución de la verdad y la mentira
en ese equilibrio sistémico tiene sus consecuencias: a más participación de la
mentira, más deterioro ético, más ruina social y más empobrecimiento
económico. Las sociedades enfermas son aquellas en las que la distribución de
la verdad y la mentira configura un equilibrio insano en favor de la
última. Con el agravante de que el peso se desliza por inercia hacia una mayor
proporción de esta, dado que, como hemos visto, son los mentirosos (los que
cometen fraude, los que engañan, los insolidarios) los que triunfan, esto es,
existe una pedagogía del éxito que tiende a fomentar el engaño.
Cuando
la mentira no está castigada ni cuando se descubre, surge la figura de los
cínicos, aquellos farsantes para quienes ya no es necesario el disimulo. La
enfermedad de la sociedad, entonces, adquiere tintes dramáticos, pues son los
cumplidores los que acaban siendo sometidos al escarnio público.
No
en vano, detrás de cada individuo que anda por la calle puede haber un
estafador, o un violador, o un asesino. El que pasa por ser un honrado padre de
familia puede estar maltratando a su mujer. El que presume de coche nuevo puede
estar arruinado. El que ha sido declarado mejor empresario del año puede ser un
explotador y el empleado supuestamente ejemplar puede estar pasando información
confidencial a las empresas de la competencia.
Detrás
de una buena nota puede haber un examen copiado. Detrás de una tesis doctoral,
un plagio. Detrás de un escritor de fama, un negro. Detrás de una victoria
deportiva, un caso de dopaje o un tongo.
Una
factura puede venir sin los impuestos obligatorios. Una declaración de la renta
puede no declarar todas las rentas obtenidas. Un currículo puede estar inflado.
Un concurso de méritos puede no haber premiado al mejor. Un pintor puede haber
firmado un cuadro con el nombre de otro. Una noticia de prensa puede haber sido
inventada o expresar como probado lo que solo es un bulo. Un programa electoral
puede contener propuestas de imposible cumplimiento.
Un
trabajador puede no estar dado de alta oficialmente. Una persona puede vivir en
un lugar distinto del que aparece en el censo. Un ingeniero puede certificar la
utilización de materiales que no se han utilizado. El envase de un producto
puede contener información fraudulenta. El Gobierno puede estar manipulando las
estadísticas oficiales. La letra pequeña de un contrato puede desvirtuar la
información que nos dio el comercial de la empresa. Un partido político puede
declarar que persigue el interés público cuando solo pretende conseguir el
poder.
El
que dice que nos ama tal vez solo quiera nuestro dinero. El que nos abraza tal
vez desee nuestra muerte. El dinero que un padre manda para los estudios de su
hijo tal vez acabe consumido en parrandas sin que él lo sepa.
De
entre todas las religiones, solo una, como mucho, es la verdadera. Todas las
demás, no lo son. Y hay quien predica la falsedad a sabiendas de que lo es.
Y
así podríamos seguir, con falsedades como las anteriores, grandes e
inteligibles fácilmente, o con falsedades pequeñas, que parecen intrascendentes
y no se notan, o que forman parte de la educación, o que se formulan por
piedad, o que son simples exageraciones. Así podríamos seguir hasta definir una
realidad virtual, que es aquella en la que vivimos, totalmente distinta de la
que subyace debajo, a la que no me atrevo a definir como la verdadera.
Porque
la verdadera es la que sentimos y comprendemos, en la que hay un equilibrio
inestable de verdades y mentiras. Ese es nuestro medio ambiente. En él
respiramos y vivimos. Y para el ejercicio de respirar y para el oficio de vivir
tan perjudiciales son la mayoría de las mentiras como algunas verdades, y tan
necesario ese ámbito entre unas y otras que supone la duda.
¿Qué
sería de la humanidad, por ejemplo, si se descubriera sin paliativos que no hay
vida después de la muerte? O en sentido contrario: ¿Qué sería de ella si se
descubriera que sí la hay? ¿Podríamos vivir, en fin, en un régimen de absoluta
verdad, bajo el permanente ojo escrutador de una mirada divina? Para el ser
humano, al parecer, lo mejor no es siempre la verdad, sino una mezcla adecuada
de verdad y de mentira.
De
otro modo, ¿qué sería de quienes se dedican a crear ficciones artísticas si en
ellas solo pudiera representase la verdad? ¿Sería posible una novela o una
película en la que todo el mundo se muestra correctamente y cómo es? Si las
novelas y las películas se demandan y se disfrutan es porque hay en ellas un
paralelismo con la realidad, una realidad en la que existe el amor callado y el
adulterio, el sufrimiento escondido y el crimen de Estado.
Leo
en menoresenred.com que «existe una aplicación para smartphones, Gossip
(cotilleo en inglés), formada por salas donde los usuarios, mayoritariamente
adolescentes, pueden dejar rumores de todo tipo. Estos son votados por los
usuarios según crean que son verdaderos o falsos y de estas votaciones sale un
porcentaje que determina su veracidad».
Cuando
los miembros de muchos órganos colegiados aprueban las actas de las sesiones
anteriores, en las que el secretario ha expresado sucintamente lo que se
debatió y aprobó, no es infrecuente que propongan modificaciones a fin de
reflejar más lo que dirían ahora que lo que realmente dijeron, con lo que en
los anales de la institución quedarán recogidos los hechos de forma distinta a
como realmente ocurrieron.
Los
componentes de un jurado popular determinan la culpabilidad o la inocencia de
un procesado por el acuerdo entre ellos, lo que traerá tanto una consecuencia
para el imputado y su entorno social como la fijación de los hechos en la historia con una determinada calificación.
Los
tres casos son muy distintos entre sí y se han traído a colación aquí para
ilustrar cuán brumosa es la realidad social, que está formada por verdades a
las que difícilmente tienen acceso los ciudadanos. Hasta el punto de que para
fijar algunas de ellas se necesita el convenio o el acuerdo que les
otorgue a unos hechos concretos el beneficio de la veracidad.
*Esta
serie de entradas coincide en su literalidad con un artículo que publiqué en la
revista «Sitio Cero» el 18 de febrero de 2013.
Esta mañana he estado en el
río Guadalmez. Como ha sido un año lluvioso, esperaba encontrar mucha agua.
Pero no, y me ha dado pena. Al volver, he pensado en los días de mi infancia y
he recordado así, sobre la marcha, esto:
Cuando yo era chico (tengo 67 años),
1.- Río Guadalmez
Me bañé en el río Guadalmez, que
corría vivo y claro cerca de la ermita de la Virgen de las Veredas, adonde algunos
niños de los salesianos de Pozoblanco iban de campamentos en verano. El río
(entonces sí era de verdad «río») tenía mejillones. Yo los he cogido con mis
manos.
Mis primos y yo también
pescábamos en verano en el arroyo El Muerto, cerca de Pedroche, que conservaba
grandes charcas durante todo el año.
2.- Agua de los arroyos
Bebíamos agua directamente de
los arroyos, incluso de los más próximos a Pozoblanco, como el Santa María,
adonde los amigos íbamos con las bicicletas. Yo la he bebido muchas veces.
3.- Pozos del campo
El agua de todos los pozos del
campo era potable, y la gente la bebía sin preguntarse si estaría contaminada.
Yo la bebí durante muchos años. Entonces, los pozos tradicionales (5-20 metros)
aprovechaban el nivel freático superficial o pequeñas fracturas del granito. El
agua se sacaba mayoritariamente con un cubo, una cuerda y una carrucha. No
había sondeos.
4.- Noches frías en el cine
de verano
En el cine de verano, si no
llevabas una rebequita, pasabas frío. Yo lo pasé algunas veces por imprudente. De
hecho, uno de los días que más frío he pasado en mi vida fue cuando proyectaron
Titanic, y eso que ya era 1998.
Entonces, al ponerse el sol se
producía un contraste térmico acusado y abrir las ventanas por la noche
permitía que la casa se refrescara de verdad. En estos tiempos el calor se
queda atrapado en los muros y en los suelos de granito tan habituales en mi
tierra, y se libera lentamente durante la noche
5.- Carámbanos y hielo
Muchos días de invierno amanecía
con carámbanos en las canales, que en ocasiones se mantenían durante toda la jornada,
lo mismo que los charcos cuajados. Los carámbanos y los charcos eran una gran
diversión para los niños.
En mi casa, era frecuente
encontrar hielo grueso en el tarro de las aceitunas aliñadas, que mi madre guardaba
en el patio, y en la tinaja de pasillo hacia el huerto, donde durante años
vivieron algunos peces que pesqué en el arroyo El Muerto, y no era extraño que esos
hielos duraran varios días.
6.- El vaho del invierno
Casi todo el invierno, al salir a
la calle, echábamos vaho por la boca de manera constante, formando una nube
espesa al hablar o respirar. También era habitual ver como la bruma o «vaho»
subiendo de los arroyos, estanques y campos de cultivo al amanecer, porque la
tierra estaba más caliente que el aire helado.
7. Las cigüeñas de antes
Las cigüeñas se iban poco
después del verano y volvían por San Blas o un poco antes. A nadie se le habría
ocurrido imaginar que más tarde veríamos a algunas todo el año. Como no se nos ocurría
a los niños preguntarnos quién traía a los bebés al mundo cuando las cigüeñas
estaban en África.
8.- Parabrisas llenos de
insectos
El parabrisas y el radiador
del coche quedaban cubiertos bajo una capa tupida de insectos. Y no era porque
los parabrisas fueran menos aerodinámicos que ahora. Simplemente había muchos más.
9.- Gorriones por todas
partes
Había muchos gorriones por
todas partes, en los parques, en las calles, sobre los veladores de los bares. A
mí me fascinaban. Mi abuelo Juan me decía: «¿Sabes qué animal es el que come en
España, se mueve en España y vive en España, pero no anda en España?». «El
gorrión», le contestaba yo, que ya estaba avisado. «¿Y sabes por qué?». «Porque
no anda, sino que da saltitos».
Al parecer, hemos perdido
millones y millones de gorriones porque ya no hay ni suficientes semillas silvestres
para ellos ni suficientes insectos blandos para sus polluelos.
10.- Tormentas y estaciones
En verano, las tormentas eran más
habituales que ahora y, salvo excepciones, menos destructivas. Todo parecía entonces
más ordenado: había primavera, verano, otoño e invierno, no como ahora, que el
calor estival se prolonga hasta bien entrado el otoño (el famoso «veroño»), el
invierno se ha comprimido a unas pocas semanas de frío intermitente y la
primavera pasa casi sin transición del fresco a días con temperaturas propias
de julio.
11.- Encinas debilitadas
No
había tantas encinas secas como ahora, y no porque entonces las larvas de los
escarabajos no las barrenaran, sino porque ahora las pillan débiles y mal hidratadas,
sin savia defensiva. Los inviernos suaves y el aumento de la temperatura media
aceleran el metabolismo del insecto dentro de la madera.
12.- Grillos, ranas y otros
animales
Mi padre me llevaba a cazar
grillos, que entonces eran abundantes, y formaban con las ranas un gran «coro»
nocturno, que ahora ha desaparecido de muchos lugares porque, al no haber
charcas, no hay ranas.
Eso sí, ahora hay más
jabalíes, más palomas y más urracas.
La plasticidad y la rigidez no
son rasgos esenciales de las cosas, sino estados que cambian según las
condiciones del sistema. En la naturaleza ocurre así, y en la vida social
también.
En las cosas, un buen ejemplo nos
lo da la arcilla.
La arcilla húmeda y maleable
representa a la sociedad en estado de plasticidad. La arcilla, en estado fresco,
se amolda a la presión de las manos del alfarero, se puede corregir, rehidratar
y volver a moldear sin destruir la materia prima, sin destruir su esencia, que
sigue siendo la misma aunque se le añadan pigmentos, agua o pequeños agregados,
que integra en su propia masa cambiando su color y textura final.
Como si fueran arcilla fresca,
las sociedades plásticas se amoldan mejor a las demandas sociales, a los
cambios tecnológicos, a las corrientes migratorias y, en general, a casi todos los
conflictos, que asumen sin intención de eliminarlos por completo, resolviendo
lo resoluble y aprendiendo a convivir con lo irresoluble.
La arcilla cocida representa a
la sociedad en estado de rigidez. Una vez que la arcilla pasa por el fuego del horno,
pierde toda el agua y se convierte en cerámica. Adquiere entonces una forma
fija, dura, impermeable y predecible. Es muy eficiente para mantener la función
para la que fue concebida, pero ya no admite correcciones y, si ejerces presión
sobre ella para cambiar su forma, no cede un milímetro, se resquebraja o se
rompe.
Muchas sociedades nacen en
estado plástico, tras periodos constituyentes o revolucionarios, y conservan durante
un tiempo su apertura y flexibilidad. Pero a medida que el sistema se
institucionaliza, crea dogmas, burocracia, tradiciones intocables e identidades
sagradas, pierde la empatía, el debate y la capacidad de reforma, y queda
expuesta a romperse al primer impacto fuerte.
De ese modo, la arcilla fresca
es la sociedad plástica, capaz de rediseñarse sin destruirse, en tanto la
arcilla cocida es la sociedad rígida, que ha petrificado sus normas y se ha vuelto
frágil, de modo que solo puede cambiar a través de la ruptura.
Pensándolo bien, algo no muy
distinto les ocurre a las personas.
La persona plástica no se
desmorona de forma definitiva ante un fracaso, una pérdida o una crisis, sino
que se dobla, procesa el dolor, aprende y se reconfigura, acepta que no lo sabe
todo, que sus opiniones pueden evolucionar con la experiencia y que integrar
distintas formas de pensar no amenaza su identidad, sino que la ensancha.
La persona rígida, en cambio,
sostiene su seguridad en dogmas inflexibles, normas estrictas, prejuicios o en
la necesidad de tener siempre la razón. Como la cerámica cocida, parece muy
fuerte mientras la vida transcurre según sus esquemas, pero cuando ocurre un
cambio inesperado o traumático que no encaja en sus reglas, no sabe adaptarse, sufre
crisis de angustia, depresión o reacciona con ira y negación. Cualquier idea o
persona que cuestione sus esquemas es percibida como una amenaza existencial,
lo que la lleva al aislamiento o a la agresividad defensiva.
Volviendo a las sociedades, lo
ocurrido en el mundial de fútbol me ha llevado a pensar en la española, que hoy
percibo de una gran plasticidad, lo cual no es un hecho fortuito, sino
consecuencia de factores históricos, sociológicos y geográficos.
Uno de ellos es la reacción alérgica
al dogmatismo que trajo consigo la Transición, pues de ser un régimen autoritario,
confesional, centralista y moralmente rígido se pasó a ser otro europeo, moderno,
abierto, tolerante y flexible, mucho más secularizado y liberal.
Otro factor es consecuencia de
la descentralización y el encaje territorial del Estado de las Autonomías. La
convivencia de identidades regionales (catalana, vasca, gallega, andaluza,
etc.) con la identidad española ha acostumbrado a la gente a no concebir la
pertenencia como algo monolítico, de manera que, aunque el debate político sea
bronco, la gestión diaria de un país descentralizado exige una adaptación
constante entre distintas Administraciones, lo que se transmite a la cultura social.
También ha sido decisiva la
llegada masiva de inmigrantes en tiempo récord y la forma pragmática en que la
sociedad española ha ido integrándolos sin asimilarlos, aceptando la diversidad
mediante la convivencia informal en el espacio público, la escuela pública y el
mercado laboral. Además, la estructura urbana española (ciudades densas, con
vida de barrio y comercio de proximidad) ha favorecido el contacto diario y la
hibridación natural, frente a la segregación espacial y la asimilación rígida
que ha fracasado en otros países de nuestro entorno.
A ello se suma el modelo de
vida mediterráneo. La vida social española se desarrolla masivamente en la
calle, en las terrazas, en las plazas y en las fiestas populares. Este contacto
cara a cara continuo genera empatía informal, suaviza los dogmas teóricos y
obliga a rozarse y convivir con el que piensa o vive de manera diferente, por muy mal que nuestros gobernantes se lleven entre sí. La fuerza
de los vínculos familiares y de vecindad ha funcionado, además, como una red de
seguridad ante las crisis económicas, aportando una flexibilidad de
supervivencia que las estructuras rígidas del Estado no siempre ofrecen.
Por último, está el impacto de
los referentes culturales y colectivos. Los grandes hitos de la España reciente
(desde la implantación de un sistema de trasplantes líder mundial basado en la
solidaridad, hasta los éxitos deportivos o culturales) no se han construido
sobre la «furia» o la imposición, sino sobre el talento colectivo, la empatía y
la gestión de la diversidad.
España, en fin, se ha vuelto
una sociedad plástica porque su historia reciente la obligó a elegir entre
adaptarse o quedarse aislada. La combinación de una necesidad imperiosa de
apertura tras la dictadura, una sociabilidad volcada en la calle y la vivencia
cotidiana de la diversidad territorial y cultural crearon como hábito colectivo
la capacidad de amoldarse a los tiempos sin romper la convivencia.
Carlos Alsina deja la
información de primera línea. A partir de ahora, se limitará a llevar el
magacín de las mañanas de Onda Cero. En el monólogo en que anunció su despedida, dio las razones para esa relegación, esa «autorrelegación», según
dijo él mismo. Declaró que la actualidad política lo tenía cansado y que un
programa como el suyo necesita a alguien pleno de energía, que vibre con lo que
está haciendo, algo que a él ya no le ocurría.
Cualquiera de sus oyentes sabe,
a poco que lo piense, que Alsina no está cansado de trabajar muchas horas, ni
de levantarse muy temprano, ni de la enorme responsabilidad de enfrentarse cada
día, con el trabajo hecho, a su millonaria audiencia, sino del ruido, de las
mentiras, del humo, del y tú más y de la bronca permanente que anida en
el objeto de su labor.
Es el ecosistema en el que
Alsina debe trabajar lo que lo cansa. El aire irrespirable. La fauna que lo
rodea. La basura. Moverse siempre con unas botas katiuskas acaba siendo insoportable
cuando el lodo te llega hasta las trancas.
Debe ser un coñazo entrevistar
a un político y no oír de él nada propio, sino el argumentario que le ha
llegado por la mañana, en el que no hay más que verdades a medias, es decir, completas
mentiras. Ficciones interesadas. Que a una pregunta concreta te respondan que
«los albañiles tienen las zapatillas blancas», por ejemplo, y, en todo caso,
que ellos tendrán sus cazcarrias, como todo el mundo, pero que, para oler mal, fatal,
la mierda de los otros.
Debe ser un coñazo respetar a
compañeros, supuestos periodistas, que trabajan con la camiseta del partido puesta,
que no distinguen entre información y opinión y son antes de una ideología o de
unos intereses que de una sincera búsqueda de la verdad. O que se venden por el
dinero de una tertulia, o por una subvención, o por los ingresos que dan los
anuncios de una institución pública o privada.
Y, también (esto es una percepción
mía), debe ser un coñazo la estulticia de las masas, la fe ciega de los hooligans
que justifican el ruido, las verdades a medias, las mentiras, el humo, el y
tú más y la bronca permanente cuando viene de los «nuestros».
Los nuestros/Los suyos. Como
si los nuestros fueran nuestra familia, a la que (como hizo Albert Camus con su
madre) debemos defender por encima de la justicia.
«¿Por qué ocurre eso? Habrá
gente buena entre los políticos», me ha preguntado Carmen. La hay, le he
respondido yo. Es el ecosistema. Es una cuestión biológica, natural. Para
sobrevivir, tienes que adaptarte. Cuando vives en la selva, te vuelves
selvático. Cuando vives en la mentira, te vuelves un mentiroso. Cuando vives en
la ficción, dejas de ser persona y te vuelves un personaje.
Cuando vives en el relato (en
el cuento, en el cuento chino), ya no eres tú. Ya no dices lo que quieres, sino
lo que el autor quiere que digas. Ya no vas donde quieres, sino donde el autor
quiere que vayas. Ya no sientes ni piensas lo que tú quieres, sino lo que el
autor quiere que sientas y pienses.
Y lo más curioso es que tú
crees que dices lo que quieres, que vas donde quieres, que sientes y piensas lo
que quieres. Pero no, no es así. Hay un pensamiento por encima del tuyo,
omnisciente, un autor para toda tu vida.
¿Cuánto tiempo aguantan mirándose
al espejo los personajes del relato? ¿A quién ven reflejado, a la persona que
ellos eran o al personaje en que se han convertido? ¿Qué autocrítica hacen? Cuando
hacen autocrítica, ¿meten a los otros, los culpan de algo? ¿Acaban convirtiendo
la autocrítica en una crítica?
Carlos Alsina se va al
magacín porque está cansado del ecosistema. Yo también lo estoy. ¿Adónde puedo
ir yo? ¿A qué desierto? ¿A qué silencio?
Últimamente oigo muchas canciones
de la época hippie. Para ilustrar la serie, se me ocurrió poner al final de
cada uno de los artículos un vídeo de ese momento histórico, subtitulado en
español. No sabía entonces muy bien por qué, aunque se me antojaba una cierta
relación entre lo quimérico de mis propuestas y los sueños transformadores de
aquella generación, finalmente fracasados.
Así que le pregunté a
la IA.
Pregunta a Copilot
¿Cómo ligarías el movimiento hippie con las frases que te he
subido?
Respuesta de Copilot
A primera vista, el movimiento
hippie y las frases que has formulado parecen pertenecer a universos distintos:
uno cultural, musical, contracultural; el otro, institucional, ético, cívico.
Pero basta mirar con un poco más de atención para descubrir que comparten un
mismo núcleo moral: la defensa de la dignidad humana frente a cualquier
forma de manipulación, mentira o poder que se olvida de su propósito.
Tus frases no hablan de flores,
guitarras o psicodelia. Hablan de algo más profundo: la libertad interior,
la autenticidad, la verdad, la ciudadanía. Y eso, precisamente, es lo que la
música hippie intentó despertar.
1. La autenticidad como
principio moral
El movimiento hippie rechazaba la
falsedad, la máscara social, la mentira institucional.
Tus frases también.
“Si no puede decir la verdad, no nos falte al
respeto diciéndonos lo que no piensa.”
“Quizá no nos beneficie la verdad, pero no nos
merecemos la mentira.”
Tus frases dicen lo mismo en lenguaje cívico:
“No nos trate como votantes o electores, sino
como ciudadanos.”
“No nos conforme nunca diciéndonos que así es
como son las cosas si no es así como deben ser.”
Tú lo formulas con precisión institucional:
“El fin último es siempre el interés público. No
lo confunda con los medios.”
“El fin no es gobernar, sino servir al bien
común.”
Estás formulando, en clave ética,
lo que la música hippie expresó en clave cultural: la autenticidad es un
deber moral.
Canciones como “The Times They
Are A‑Changin’” o “For What It’s Worth” nacieron de esa misma
exigencia: decir lo que es verdad, aunque incomode.
2. La ciudadanía como sujeto,
no como objeto
El movimiento hippie defendía que
cada persona era un ser completo, no un engranaje del sistema.
El hippie decía: no soy un
número, no soy un rol, no soy una pieza del mecanismo.
Tú dices: no somos votos,
somos personas con dignidad política.
Es la misma reivindicación,
expresada en dos lenguajes distintos.
3. El rechazo a la resignación
y a la inercia
El movimiento hippie se rebeló
contra el “así son las cosas”.
Tus frases también:
Esa frase podría haber sido un
lema de 1968. Es exactamente lo que gritaban las canciones de protesta: que la
realidad no es un destino, sino una responsabilidad.
4. El bien común como
horizonte
El hippie creía en la comunidad,
en la fraternidad, en la vida compartida.
El movimiento hippie no tenía un
programa político, pero sí una intuición moral: la vida solo tiene sentido
si se orienta hacia algo más grande que uno mismo.
Tus frases traducen esa intuición
a la ética pública.
5. La libertad interior como
resistencia
La música hippie hablaba de
libertad: libertad de pensamiento, de conciencia, de expresión, de vida.
Tus frases también defienden esa
libertad, pero en su dimensión cívica: libertad frente a la manipulación, libertad frente a la mentira, libertad frente a la reducción del ciudadano a
votante y libertad frente a la inercia institucional.
El hippie decía: sé libre por
dentro. Tú dices: sé libre como ciudadano.
Es la misma raíz.
Conclusión: dos lenguajes, una
misma ética
El movimiento hippie expresó en
música lo que tú expresas en ética pública: autenticidad, verdad, dignidad, comunidad, libertad, rechazo a la manipulación y resistencia a la resignación.
Tus frases son la versión adulta,
institucional y cívica de lo que la música hippie fue en su juventud cultural.
Ambos movimientos —el tuyo y el
de ellos— comparten una misma convicción: la sociedad solo es digna cuando
respeta la verdad, la libertad y la humanidad de cada persona.
«No nos trate como
votantes o como electores, sino como ciudadanos».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
En la vida democrática hay una tentación constante: reducir
a las personas a su función electoral. Verlas como votos, como porcentajes,
como segmentos de una encuesta. Por eso es tan valiosa la advertencia.
La frase es breve, pero contiene una reivindicación
profunda. Un votante es alguien que participa en un acto puntual. Un ciudadano
es alguien que participa en una comunidad política. Confundir ambas cosas
empobrece la democracia. Reducir a las personas a su utilidad electoral es una
forma de desprecio suave, pero real.
El votante es un instante; el ciudadano, una permanencia
Un votante aparece cada cierto tiempo. Un ciudadano está
siempre ahí.
Al votante se le persuade. Al ciudadano se le respeta.
Al votante se le promete. Al ciudadano se le rinde cuentas.
Tu expresión exige que la mirada institucional se sitúe en
este segundo plano: no somos un número que se activa en campaña, sino sujetos
de derechos y responsabilidades durante todo el tiempo.
La política cortoplacista y su error fundamental
Cuando se trata a la gente como votantes, la política se
vuelve cortoplacista. Todo se orienta al ciclo electoral. Todo se mide en
intención de voto. Todo se calcula en función de la próxima cita con las urnas.
Pero la democracia no se sostiene sobre campañas, sino sobre
ciudadanía. Y la ciudadanía exige continuidad, respeto y reconocimiento.
Tu frase denuncia esa deformación con una claridad
admirable: no nos mire solo cuando necesita nuestro voto; mírenos siempre como
ciudadanos.
El trasfondo psicológico: la diferencia entre convencer y
reconocer
La expresión apunta a una diferencia profunda:
Convencer
es una acción estratégica.
Reconocer
es una acción moral.
Cuando se trata a alguien como votante, se le habla para
obtener algo de él. Cuando se le trata como ciudadano, se le habla porque se le
debe respeto. Esa diferencia cambia por completo el tono, el contenido y la
intención de la comunicación pública.
La ciudadanía como condición plena
Ser ciudadano implica: tener derechos, asumir
responsabilidades, participar en la vida común, exigir rendición de cuentas, ser
tratado con dignidad, no con condescendencia.
Tu expresión recuerda que la democracia no se agota en
votar. Votar es un acto. Ser ciudadano es una condición.
«Recuerde que el fin último es
siempre el interés público. No lo confunda con los medios».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
En la vida pública existe una
confusión persistente y peligrosa: creer que el objetivo de gobernar es,
simplemente, gobernar. Que el ejercicio del poder se justifica por sí mismo.
Que la maquinaria institucional es un fin en lugar de un instrumento. Por eso
es tan necesaria la distinción: el fin último no es el gobierno, sino el bien
común. El gobierno es solo el medio. Esta diferencia, que parece obvia, es en
realidad la frontera entre la política entendida como servicio y la política
entendida como supervivencia.
Gobernar es un medio, no un
destino
Gobernar consiste en
administrar recursos, coordinar servicios, tomar decisiones, garantizar
derechos, resolver conflictos. Todo eso es imprescindible, pero no es el fin. Es
el cómo, no el para qué.
El gobierno es la herramienta
que permite perseguir el bien común. Pero cuando la herramienta se convierte en
objetivo, la institución se vacía de sentido.
Una administración puede
funcionar perfectamente en lo procedimental y fracasar completamente en lo
moral si olvida para qué existe.
El bien común como horizonte
moral
El bien común no es una
abstracción. Es la suma de condiciones que permiten a todos vivir con dignidad,
seguridad, libertad y oportunidades reales. Incluye: justicia, igualdad de
trato, sostenibilidad, protección de los vulnerables, calidad de los servicios
públicos e confianza en las instituciones.
Ese es el fin. Ese es el
norte. Ese es el criterio que da sentido a cada decisión.
Cuando el bien común se
olvida, el gobierno se convierte en un ejercicio de gestión sin alma.
La patología de confundir
medios y fines
Cuando gobernar se convierte
en el fin, aparecen desviaciones conocidas: la autopreservación del poder, la
burocracia que se justifica a sí misma, la política entendida como
supervivencia, la confusión entre interés público e interés del gobernante, la
tentación de sacrificar el bien común para mantener el control. Es entonces
cuando los medios —el cargo, la estructura, el procedimiento— se absolutizan. Y
cuando los medios se absolutizan, el fin desaparece.
Tu distinción es, por tanto,
una advertencia ética: no convierta el gobierno en un ídolo.
El interés público como
criterio de corrección
Recordar que el fin es el bien
común exige dos virtudes:
lucidez, para distinguir lo esencial de lo
accesorio;
valentía, para modificar los medios cuando
dejan de servir al fin.
«No nos conforme nunca
diciéndonos que así es como son las cosas si no es así como deben ser».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
Hay frases que funcionan como
un espejo moral. Esta es una de ellas: no nos conforme nunca diciéndonos que
así es como son las cosas si no es así como deben ser.
La expresión es breve, pero
contiene una advertencia profunda. Denuncia una de las formas más peligrosas de
decadencia institucional: la normalización de lo que no debería ser normal.
Porque hay dos maneras de
justificar lo injustificable. Una es defenderlo. La otra, más sutil y más
cobarde, es decir: “siempre ha sido así”. La frase rechaza esa coartada con una
claridad admirable. La trampa del “es lo que hay”
Cuando una situación es
difícil de cambiar, aparece la tentación de justificarla. Y la justificación
más cómoda es la fatalista: “Así son las cosas”.
Pero esa frase no describe la
realidad: la congela. No explica: excusa. No analiza: renuncia.
Tu expresión exige lo
contrario: no nos trate como menores de edad. No nos venda como inevitable lo
que es simplemente más fácil no corregir.
La frase establece una
distinción esencial: que algo ocurra no significa que deba ocurrir. Que algo
sea habitual no lo convierte en legítimo. Que algo esté extendido no lo hace
aceptable.
La realidad no es un argumento
moral. La costumbre no es una justificación ética. La inercia no es un criterio
de justicia. Un responsable público no puede escudarse en el estado de las
cosas para evitar el deber de cambiarlas.
Decir “esto es así” cuando no
debería serlo es una forma de falta de respeto. Es tratar al ciudadano como
alguien incapaz de aspirar a algo mejor. Es pedirle que acepte lo que está mal
porque corregirlo es incómodo.
Tu expresión lo denuncia con
elegancia y firmeza: no nos conforme con la realidad cuando la realidad es
deficiente.
La ciudadanía puede soportar
la verdad. Lo que no debe soportar es la complacencia.
La frase invita a una actitud
moral activa: no aceptar la mediocridad disfrazada de realismo. No confundir la
descripción con la prescripción. No permitir que el “es” sustituya al “debe
ser”.
Es una llamada a la
responsabilidad, a la ambición ética y a la obligación de mejorar lo que está
mal, no de justificarlo.
«Si el interés público le
impide decir lo que piensa, no nos falte al respeto diciéndonos lo que no
piensa. Quizá no nos beneficie la verdad, pero no nos merecemos la mentira».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
En la vida pública hay
momentos en los que la verdad no puede decirse. No por cobardía, sino por
responsabilidad. Hay informaciones que no deben revelarse, decisiones que aún
no pueden explicarse, procesos que requieren discreción. Eso es comprensible.
Lo que no es aceptable es convertir esa imposibilidad en una licencia para
mentir. Por eso es tan valiosa la advertencia.
La primera frase establece un
principio limpio: si no puede decir la verdad, calle, pero no mienta. El
silencio prudente es una forma de respeto. La mentira deliberada es una forma
de desprecio.
La expresión distingue con
precisión entre dos cosas que a menudo se confunden: la prudencia, que protege; y la manipulación, que degrada.
Un responsable público puede
verse obligado a callar. Lo que no puede es inventar una versión falsa para
llenar ese silencio. Porque la mentira no solo engaña al ciudadano: también
corrompe al que la pronuncia.
La frase apunta a un mecanismo
psicológico muy real. Cuando un responsable público miente “por nuestro bien”,
en realidad está diciendo algo inquietante: que él sabe más que nosotros, que
él decide qué realidad podemos soportar, que él administra no solo la
información, sino nuestra percepción del mundo.
Ese gesto paternalista es una
forma de falta de respeto. Y tu expresión lo denuncia con una claridad
admirable.
El cierre es de una fuerza
moral extraordinaria: quizá no nos beneficie la verdad, pero no nos merecemos
la mentira. Es una afirmación de dignidad ciudadana. Reconoce que la verdad
puede ser dura, inoportuna o inconveniente, pero afirma algo esencial: la
mentira nunca es un acto de protección, sino de desprecio. La mentira no cuida:
infantiliza. No protege: manipula. No
preserva: degrada.
La vida pública necesita más
silencios honestos y menos palabras falsas. Más respeto por la inteligencia del
ciudadano y menos tentación de moldear su percepción. Más integridad en la
comunicación y menos paternalismo disfrazado de prudencia.
«Si no cobraba por dedicar un
tiempo a una asociación, no cobre por dedicárselo a una institución pública».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
Hay principios que no
necesitan adornos para ser contundentes. Este es uno de ellos: si no cobraba
por dedicar un tiempo a una asociación, no cobre por dedicárselo a una
institución pública.
La frase es sencilla, pero su
alcance es enorme. No habla solo de dinero. Habla de coherencia. Habla de
integridad. Habla de la tentación —muy humana— de cambiar de principios cuando
cambia el escenario.
En el ámbito privado, en una
asociación, en un club, en una entidad sin ánimo de lucro, uno suele actuar por
convicción: porque cree en la causa, porque le importa la gente, porque siente
que su tiempo tiene un valor que no necesita ser remunerado. Ese tiempo es
voluntario, limpio, desinteresado.
Pero cuando uno entra en una
institución pública aparece una tentación nueva: la de “profesionalizar” ese
mismo tiempo simplemente porque ahora hay un presupuesto disponible. La de
convertir en remunerado lo que antes era vocación. La de justificar un cobro no
por el esfuerzo, sino por la oportunidad.
La expresión corta esa
tentación de raíz. Plantea una pregunta incómoda y necesaria: si antes no
cobraba, ¿qué ha cambiado realmente? ¿El trabajo o la posibilidad de cobrar por
él?
La frase obliga a mirarse al
espejo. A preguntarse si la motivación sigue siendo la misma. A distinguir
entre el servicio y el interés. A no confundir el cargo con un pretexto para
obtener lo que antes no se necesitaba.
No se trata de negar la
legitimidad de los salarios públicos. Se trata de algo más fino: no convertir
en negocio lo que antes era compromiso. No aprovecharse del cargo para obtener
una retribución que no se justificaba en el ámbito privado. No cambiar de
principios cuando cambia el contexto.
La coherencia es una forma de
autoridad moral. Y la incoherencia, una forma de empobrecimiento interior.
Por eso esta expresión es tan
valiosa. Porque no pide sacrificios heroicos. No pide renunciar a derechos
legítimos. Pide algo más exigente: ser la misma persona en lo público que en lo
privado.
Si uno dedicaba su tiempo a
una asociación sin cobrar, es razonable que se pregunte por qué debería cobrar
por dedicar ese mismo tiempo —o un tiempo similar— a una institución pública. La
respuesta no siempre será sencilla, pero la pregunta es imprescindible.
«No deje las cuentas peor de
lo que las encontró».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
Hay principios que, por su sencillez,
parecen menores. Pero son precisamente esos principios los que sostienen la
vida pública, la convivencia y la confianza entre generaciones. Uno de ellos es
este: no deje las cuentas peor de lo que las encontró.
La frase es corta, pero
encierra una filosofía entera. No habla solo de números. Habla de
responsabilidad, de rigor, de respeto por quienes vendrán después. Habla de
entender que uno no es propietario de los recursos que gestiona, sino custodio.
En cualquier ámbito —una
familia, una empresa, una institución, un país— las cuentas son más que cifras:
son la huella que dejamos. Recibimos algo que otros construyeron, y lo mínimo
que se espera es que no lo devolvamos deteriorado. Es una ética del tránsito:
pasar por un lugar sin arruinarlo.
La expresión combate dos
tentaciones muy humanas. La primera es el autoengaño del “ya se arreglará”, que
posterga decisiones difíciles y deja problemas para mañana. La segunda es la
vanidad del “que lo paguen los que vengan”, que es una forma de egoísmo
temporal: disfrutar hoy y que otros asuman las consecuencias.
Ambas tentaciones son cómodas,
pero injustas. Ambas son fáciles, pero irresponsables. Ambas son, en el fondo,
una forma de cobardía.
No dejar las cuentas peor de
lo que se encontraron es un acto de madurez. Es asumir que cada decisión tiene
un coste. Es aceptar que el presente no puede hipotecar el futuro. Es entender
que la gestión no consiste en lucirse, sino en sostener.
La frase también tiene un
matiz moral muy fino: quien deja las cuentas peor de lo que las encontró está
usando el tiempo, el cargo o la autoridad para su propio beneficio, no para el
bien común. Está gastando prestigio ajeno y comprometiendo el porvenir de
otros. Está viviendo a crédito, pero no de dinero: de responsabilidad.
Por eso esta expresión es tan
poderosa. Porque no pide heroicidades. No pide milagros. No pide dejar las
cuentas perfectas. Pide algo más simple y más exigente: no empeorarlas.
Si todos aplicaran este
principio —en la política, en la economía, en la vida personal— muchas crisis
serían evitables. Y muchas instituciones serían más sólidas, más justas y más
dignas.
«No lleve la imaginación más
allá de los recursos de que dispone».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
La imaginación es una de las
fuerzas más poderosas del ser humano. Nos permite anticipar, crear, proyectar,
diseñar futuros posibles. Pero también puede convertirse en una trampa cuando
se emancipa de los recursos reales de que disponemos. Por eso es tan valiosa la
advertencia: no lleve la imaginación más allá de los recursos de que dispone.
La frase no pide renunciar a
la imaginación. No pide moderar la ambición. No pide conformarse. Pide algo
mucho más fino: que la imaginación no se convierta en autoengaño.
Porque la imaginación, cuando
se despega de los medios, deja de ser visión y se convierte en fantasía. Y la
fantasía, cuando se confunde con estrategia, conduce a la frustración, a la
grandilocuencia y, a menudo, al ridículo.
La expresión propone una ética
del realismo. No se trata de soñar menos, sino de soñar con los pies en la
tierra. No se trata de limitar la creatividad, sino de anclarla. No se trata de
frenar la ambición, sino de orientarla.
La imaginación es fértil
cuando se apoya en recursos reales. Es peligrosa cuando los ignora.
En la vida pública, en la
gestión de equipos o en la vida personal, es frecuente ver proyectos que nacen
inflados por la imaginación y mueren asfixiados por la falta de medios. Promesas
imposibles, planes sin presupuesto, estrategias sin personal, expectativas sin
tiempo. Todo ello nace de la misma raíz: la imaginación desbordada.
La frase invita a un ejercicio
de honestidad: preguntarse no solo qué queremos hacer, sino qué podemos hacer. No
solo qué deseamos, sino qué podemos sostener. No solo qué imaginamos, sino qué
podemos ejecutar.
Este principio no es una
renuncia: es una forma de libertad. Porque quien ajusta su imaginación a sus
recursos evita la frustración, preserva su credibilidad y construye sobre bases
sólidas. Quien no lo hace, vive atrapado entre lo que imagina y lo que puede,
entre lo que promete y lo que cumple.
«Pase más tiempo con su
familia y con sus amigos. No crea que estar ocupado es estar trabajando. No nos
haga creer que lo necesitamos a todas horas y en todas partes, porque nos lo
acabaremos creyendo nosotros y se lo acabará creyendo usted. Y las dos ideas
son empobrecedoras y falsas».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
En la vida pública y
profesional existe una tentación silenciosa: confundir estar ocupado con estar
trabajando, y confundir estar presente con ser necesario. Es una ilusión que
desgasta, que distorsiona la identidad y que empobrece la vida. Por eso es tan
valiosa la recomendación.
La primera frase es un
recordatorio de prioridades. La vida real no está en los despachos, ni en las
reuniones, ni en las agendas saturadas. La vida real está en los afectos: en la
familia, en los amigos, en los vínculos que no dependen del cargo ni del
rendimiento. Quien descuida esos espacios termina perdiendo el equilibrio y,
con él, la perspectiva.
La segunda frase desmonta una
confusión muy extendida: estar ocupado no es estar trabajando. La ocupación
permanente es, muchas veces, una forma de huida: huida de uno mismo, de la
intimidad, del silencio, de la vulnerabilidad. El ruido de la agenda se
convierte en un refugio que parece productivo, pero que en realidad es estéril.
La tercera parte de la
expresión es el corazón psicológico del mensaje: no nos haga creer que lo
necesitamos a todas horas y en todas partes.
Porque si usted actúa como si
fuera imprescindible, los demás pueden llegar a asumirlo. Y lo más peligroso:
usted puede terminar creyéndoselo. Ahí nace una simbiosis tóxica entre el líder
y su entorno, una dependencia mutua que empobrece a ambos.
El equipo se empobrece porque
deja de asumir responsabilidades propias. Usted se empobrece porque deja de ser
una persona y se convierte en un rol.
El remate final es impecable: las
dos ideas son empobrecedoras y falsas.
Empobrecedoras, porque reducen
la vida a una función. Falsas, porque nadie es necesario a todas horas. Ni
usted, ni nadie.
La ocupación permanente no es
una virtud: es un síntoma. Y la creencia de ser imprescindible no es fortaleza:
es una forma de ceguera.
«No piense que es
imprescindible, porque nadie lo es. Ni piense que es necesario. Piense en lo
que puede aportar y tenga siempre las maletas preparadas para irse».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
En cualquier organización
—política, profesional o social— existe una tentación silenciosa: pensar que
uno es imprescindible. Que sin uno las cosas no funcionarían. Que el cargo
depende de la propia presencia. Es una ilusión comprensible, pero peligrosa.
Por eso es tan valiosa la recomendación
La primera parte es un acto de
humildad, pero también de lucidez. Nadie es imprescindible. Nadie es necesario.
Las instituciones siguen, los equipos se reorganizan, la vida continúa. Creerse
indispensable es una forma de soberbia que termina deformando el carácter y
empobreciendo la mirada.
Pero esta frase no busca
humillar, sino liberar. Porque cuando uno deja de creerse imprescindible, deja
de vivir con miedo. Cuando uno deja de creerse necesario, deja de aferrarse al
cargo. Cuando uno acepta que su presencia no es condición de posibilidad, puede
empezar a actuar con serenidad.
La segunda parte de la
expresión es aún más importante: piense en lo que puede aportar.
No se trata de ocupar un
puesto, sino de merecerlo. No se trata de conservar un espacio, sino de
justificarlo. No se trata de ser necesario, sino de ser útil.
Esta es una ética del
servicio, no de la posesión. El valor de una persona en un cargo no está en su
permanencia, sino en su contribución. No en su duración, sino en su impacto.
Y entonces llega la imagen más
poderosa de la frase: tenga siempre las maletas preparadas para irse. Es una
imagen de dignidad. De ligereza. De libertad interior.
Las maletas preparadas no
significan deseo de marcharse, sino capacidad de hacerlo sin romperse. Son un
recordatorio de que el poder es transitorio, de que los cargos son prestados y
de que la verdadera autoridad no depende de permanecer, sino de cómo se
permanece.
«Sea cortés con sus
adversarios, incluso aunque ellos no lo sean con usted. No intente convencernos
de sus virtudes mostrando los defectos del adversario».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
En tiempos de crispación, la
cortesía parece un lujo. En medio de la disputa, muchos creen que la educación
es una debilidad, que la elegancia es ingenuidad y que la firmeza exige dureza.
Pero ocurre lo contrario: la cortesía es una forma de fuerza interior. Por eso
es tan valiosa la recomendación: sea cortés con sus adversarios, incluso aunque
ellos no lo sean con usted. No intente convencernos de sus virtudes mostrando
los defectos del adversario.
La primera frase contiene una
verdad esencial: la conducta del otro no determina la nuestra. La cortesía no
es un premio que se concede al que la merece, sino una expresión de quién
somos. Ser cortés con quien no lo es no significa ceder, ni callar, ni
renunciar a las propias convicciones. Significa mantener la compostura,
preservar la dignidad y no permitir que el adversario decida nuestro tono.
La falta de cortesía del otro
no justifica la nuestra. Responder al ataque con ataque no nos hace más
fuertes, sino más previsibles. Nos rebaja al nivel del agresor y nos convierte
en una versión menor de nosotros mismos.
La segunda frase afina aún más
el principio: no intente convencernos de sus virtudes mostrando los defectos
del adversario.
Es una advertencia contra una
estrategia tan común como pobre: creer que uno mejora cuando empeora al otro.
Es un error frecuente en la vida pública, en la política, en el trabajo y hasta
en la vida familiar. La crítica al adversario puede ser legítima, pero no
sustituye la propia valía. La descalificación no es un argumento. La
comparación negativa no construye autoridad.
Quien necesita señalar los
defectos del otro para demostrar sus virtudes está revelando inseguridad, no
fortaleza. Está mostrando que no confía en el peso de sus propios méritos. Está
diciendo, sin quererlo, que no tiene suficiente que ofrecer por afirmación y
necesita recurrir al contraste.
La verdadera autoridad se
construye desde la afirmación, no desde la demolición. Desde la claridad, no
desde el fango. Desde la compostura, no desde la reacción.
Ser cortés con los adversarios
—incluso cuando ellos no lo son— es una forma de liderazgo moral. Y renunciar a
la crítica fácil como sustituto del mérito es una forma de honestidad
intelectual.
«Sáquele provecho a los que
tienen algo que ofrecer, aunque le disputaran el cargo».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
En cualquier organización
—política, profesional o social— existe una tentación muy humana: desconfiar de
quienes han competido con uno. Verlos como amenazas, como sombras, como
recordatorios incómodos de nuestra propia vulnerabilidad. Por eso es tan valiosa
la recomendación: sáquele provecho a los que tienen algo que ofrecer, aunque le
disputaran el cargo.
La frase es breve, pero
encierra una visión madura del poder. No pide ingenuidad. No pide
sentimentalismo. Pide inteligencia.
Quien le disputó un cargo
suele ser alguien con ambición, iniciativa, visión y capacidad de liderazgo. Es
decir: exactamente el tipo de persona que cualquier equipo necesita. Sin
embargo, el ego tiende a excluirlos. La inseguridad los convierte en enemigos.
La mediocridad los aparta para no sentirse amenazada.
La frase propone lo contrario:
aprovechar su valor.
Un líder que sabe integrar a
quienes compitieron con él demuestra seguridad interior. No teme el talento
ajeno porque entiende que el éxito no se construye con fidelidades ciegas, sino
con capacidades reales. No necesita rodearse de aduladores, sino de personas
que aporten. No busca comodidad, sino eficacia.
Además, incorporar a quienes
fueron rivales tiene un efecto moral poderoso: envía el mensaje de que el
mérito importa más que la rivalidad. Que la competencia no invalida la
aportación. Que la discrepancia no destruye el valor.
Es una forma de liderazgo que
desactiva resentimientos, eleva el nivel del equipo y muestra grandeza. Porque
solo los líderes pequeños necesitan eliminar a quienes podrían hacerles sombra.
Los grandes los incorporan.
Sacar provecho del talento
ajeno —incluso del talento rival— es una forma de inteligencia estratégica. Es
reconocer que nadie tiene todas las respuestas. Es entender que la diversidad
de perspectivas fortalece. Es aceptar que la competencia, bien gestionada, no
divide: mejora.