En
ese medio natural, nunca progresan los que siempre van con la verdad por
delante. Unas veces porque se les teme (porque son de temer, en realidad) y
otras porque con la verdad descubren unas carencias que les son necesarias o
unas dotes que, a los ojos de los demás, les sobran. Los que triunfan son los
que mejor saben gestionar la verdad y la mentira, esto es, los que, sin romper
el equilibrio social en el que se integran, actúan de acuerdo con la verdad
cuando les interesa y cuando les interesa actúan de acuerdo con la mentira.
Cuando
los miembros incumplidores de un órgano colegiado, por ejemplo, deben elegir de
entre ellos a un director, raramente optan por el más recto. En una sociedad en
la que abunda la economía sumergida, es muy difícil el éxito de una empresa
totalmente legal. Si la hacienda pública no persigue el fraude con ahínco, los
que más pagan no son los que más ganan, sino los que más declaran. Si la
función pública admite sobornos, las resoluciones las conseguirán antes los más
adinerados y los menos virtuosos.
Como
de deduce de los ejemplos anteriores, la distribución de la verdad y la mentira
en ese equilibrio sistémico tiene sus consecuencias: a más participación de la
mentira, más deterioro ético, más ruina social y más empobrecimiento
económico. Las sociedades enfermas son aquellas en las que la distribución de
la verdad y la mentira configura un equilibrio insano en favor de la
última. Con el agravante de que el peso se desliza por inercia hacia una mayor
proporción de esta, dado que, como hemos visto, son los mentirosos (los que
cometen fraude, los que engañan, los insolidarios) los que triunfan, esto es,
existe una pedagogía del éxito que tiende a fomentar el engaño.
Cuando
la mentira no está castigada ni cuando se descubre, surge la figura de los
cínicos, aquellos farsantes para quienes ya no es necesario el disimulo. La
enfermedad de la sociedad, entonces, adquiere tintes dramáticos, pues son los
cumplidores los que acaban siendo sometidos al escarnio público.