viernes, 10 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 27. Elogio de la siesta


10-4-2020

Yo hago siempre la siesta. O, para decirlo de una forma más localista y con un verbo más manido, yo «echo» siempre la siesta. La echo cualquier día del año, en invierno y en verano, esté muy cansado o no esté cansado en absoluto. La echo porque me gusta, porque me parece un invento genial y porque no conozco nada más reparador del cuerpo y, sobre todo, de la mente.

Algunas veces, cuando estamos recogiendo la cocina y Carmen me oye rezongar porque un imprevisto retrasa la terminación de lo que estamos haciendo, me dice: "Ya estás deseando echarte la siesta". Y si nuestros hijos están en casa, dice como para ellos, aunque en realidad se está dirigiendo a mí: "Ya está vuestro padre deseando echarse la siesta". Yo creo que es mala fama, que me conoce solo a medias, porque me gusta la siesta pero nunca hago dejación de mis obligaciones. Y, además, que a mí me da igual que sean las cuatro que las cinco o que las seis.

O que las siete. Porque si he salido a comer por ahí, a la vuelta me echo la siesta, sea la hora que sea, por muy tarde que me haya llegado. Y es curioso porque mientras estoy fuera no me entra ni pizca de sueño. Pero en cuanto vuelvo a casa y me siento en el sillón, una modorra dulcísima me llega poco a poco como si me hubieran puesto una mascarilla de anestesia, y ya no hay solución, me dejo arrastrar por la molicie, me duermo. Y cuando me despierto, soy otro. O vuelvo a ser yo, mejor dicho, ya liberado del espeso barrizal en el que se hallaba el discurso de mis pensamientos.

La única excepción que hago a la siesta de después de comer es que haya echado la siesta antes. Mi abuelo Juan, a esa siesta, la llamaba «del gorrión», aunque también he oído que la llaman «del carnero», «del burro», «del canónigo» y de otras muchas formas más. Yo hago la siesta del gorrión algunos domingos, cuando vuelvo a mi casa después de hacer senderismo y me he duchado y tomado una cerveza y una lata de mejillones. A veces, ya digo, caigo redondo, sin quererlo, como arrastrado hacia un agujero por una fuerza irresistible, no muy distinta de la que nos impide correr en las peores pesadillas.

El caso es que ahora echo las siestas más largas. En circunstancias normales, me siento en el sillón y pongo el reloj para que suene a los cincuenta minutos, porque no quiero pasarme la tarde dormido, pero ahora echo la siesta sin reloj, a la libre voluntad del cuerpo. Y, claro, el cuerpo tiende a darse satisfacciones, es como un niño chico al que montas en un tiovivo, que nunca se cansa de lo bueno y llora más si lo bajas a las cinco vueltas que a las tres.

Duermo más de día pero un poco menos de noche. Ahí está la compensación. El cuerpo es sabio, no cabe la menor duda: me acuesto más tarde y me levanto a la misma hora de siempre, que suele ser temprano. Tengo el mismo tiempo pero repartido de otra forma. Si él lo ha decidido así, por algo será. Ahora, mi cuerpo es el que manda, no yo. Ahora, mi cuerpo es soberano.

jueves, 9 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 26. Empleados de la complejidad


9-4-2020

Los asesores fiscales y laborales están que trinan. De pronto, en cuestión de días, se les ha venido encima un aluvión de normas que se amplían, se complementan y se corrigen, y que forman una maraña inescrutable de derechos y obligaciones inmediatas para empresarios y trabajadores. Y todo esto con la gente en sus casas, la economía medio parada, las plataformas digitales de la Administración saturadas y los funcionarios que deben dar respuesta a sus consultas tan atiborrados de trabajo y tan enredados como ellos.

El mundo moderno es complejo y está lleno de políticos que intentan darle solución a base de normas, boletín oficial en la mano, en un proceso de mejora permanente que convierte el armazón legislativo en una selva. De entre esos miles y miles de nuevas normas anuales destacan las que se refieren a Hacienda y la Seguridad Social.

Hacienda y la Seguridad Social son implacables, y eso está bien, porque con lo que ingresan se pagan, esencialmente, la educación, la sanidad y las pensiones. De hecho, la mayor diferencia entre un Estado tercermundista y uno del primer mundo está en la severidad del sistema recaudatorio y de Seguridad Social, que es escasa en el primero y muy alta en el segundo.

Pues bien, para que esa labor pública sea posible, son imprescindibles los asesores fiscales y laborales. Ellos son tan necesarios para nuestra sociedad como los ganaderos que nos proveen de leche o los albañiles que construyen nuestras casas, pues hacen de intermediarios entre la realidad del tajo, donde se halla el dinero de todos, especialmente de los que más tienen, y la ficción del Presupuesto público.

En días como estos, en los que todo el mundo se acuerda de los que están en las trincheras de la guerra que libramos contra un enemigo invisible, yo me acuerdo también de ellos. Paciencia, amigos. Sabed que la sociedad os comprende y os anima. Haced lo que podáis sin perder la salud, que seguiremos necesitándoos cuando todo esto pase.

miércoles, 8 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 25. Dar pábulo a la mentira


8-4-2020


En «maldita.es», página de Internet dedicada a desenmascarar bulos, hay un montón de entradas falsas referidas a Pablo Iglesias. Y sobre Pablo Casado. Y sobre Inés Arrimadas. Y sobre Pedro Sánchez. Y sobre Santiago Abascal. Y sobre un montón de líderes y no líderes políticos. Hay un montón de entradas falsas sobre el coronavirus. Hay un montón de entradas falsas sobre un montón de materias, quizá hasta sobre ti, amable lector de esta página.

Presumo que las entradas falsas sobre Pablo Iglesias y Pedro Sánchez corren muy deprisa entre los seguidores de derechas y, por utilizar una analogía, que las entradas falsas sobre Pablo Casado y Santiago Abascal corren muy deprisa entre los votantes de izquierdas, en tanto que las de Inés Arrimadas lo hacen entre los votantes nacionalistas. Es decir, corren entre quienes están más dispuestos a dar pábulo a la mentira.

Corren independientemente de la formación que tengan los transmisores del bulo, entre analfabetos, entre «ninis» y entre universitarios, iluminados todos por una verdad que necesitan transmitir para realizarse completamente, porque son como apóstoles y se sienten obligados a predicar su particular evangelio. Y así llegan a mi teléfono, y así llegan a mis oídos, y así intentan convencerme de la VERDAD, una verdad que es mentira: los unos, de lo buenos que son ellos y lo malos que son los otros. Los otros, de lo malos que son los otros y lo buenos que son ellos.

¡Qué «jartez»! ¡Qué cansancio! Por favor, ¡reforzaos entre vosotros y dejadnos a los demás con nuestra música, nuestras fotos y nuestras palabras de ánimo! ¿No os habéis dado cuenta de que hay mucha gente que no quiere ser salvada?

martes, 7 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 24. Los niños de otros


7-4-2020

Antes, cuando nuestros hijos eran pequeños, los amigos buscábamos establecimientos donde ellos pudieran moverse más o menos tranquilamente. Por muchos niños que hubiera y carreras que diesen, nuestros hijos no nos molestaban, porque eran los nuestros y porque estábamos acostumbrados a tenerlos en casa, donde las carreras eran más o menos las mismas.

Nosotros, además, éramos padres mediterráneos, es decir, de los que no coartaban demasiado la creatividad natural de los niños, que suele ser expansiva y tiende al movimiento, dicho sea finamente. O dicho en términos menos finos, queríamos que se desfogaran antes de volver al redil de la casa, para que se durmieran pronto. Por eso, cuando viajábamos, veíamos con asombro a las familias nórdicas, en las que los niños estaban siempre perfectamente callados, perfectamente sentados, perfectamente tranquilos, como si estuvieran siendo educados por una institutriz amargada.

Ahora que nuestros hijos son mayores y ya son de ellos mismos, los amigos vamos solos, como es natural. Pues bien, ahora nos incomodan los niños. No soportamos sus carreras ni su mala educación, ni entendemos cómo sus padres no hacen lo posible para que se comporten como es debido, esto es, sin incordiar. Porque eso es lo que son los niños de otros en un recinto cerrado, un auténtico incordio, y a veces hace falta mucha serenidad ciudadana para no pedir a algunos padres que presten una poca atención a sus hijos, por favor.

Cuando eso ocurre, cuando los niños de otros nos molestan, siempre hay algún amigo o, más frecuentemente, alguna amiga que nos pide paciencia echando mano del recuerdo: ¿Es que ya no nos acordamos de los nuestros? ¿Se nos ha olvidado el auténtico coñazo que eran nuestros hijos? Pues no nos acordamos. Pues sí, se nos ha olvidado. Por eso es tan conveniente que alguien nos apunte que el "hoy por ti mañana por mí" también debe aplicarse al entretenimiento de los niños.

He rememorado esto porque veo que hay confinamientos y confinamientos: mis hijos son grandes y viven en sus casas. Yo estoy tranquilamente en la mía, sin niños. ¿Cómo estarán pasando la clausura esas familias con hijos pequeños, en pisos pequeños?

lunes, 6 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 23. Meta conseguida


6-4-2020

Pocas actividades hay que me produzcan tanto placer como andar, especialmente cuando lo hago por lugares desconocidos. Cuando voy por un camino, me siento como un elemento más del ambiente, como un cazador-recolector primitivo para el que todo en el mundo está dotado de alma propia, es secreto y mágico. Andando aprendo mucho: si voy acompañado, porque la charla suele ser distendida y aporta a mi razón puntos de vista distintos de los míos, que de otra forma permanecerían velados. Si voy solo, porque la mente hila pensamientos a la manera que el subconsciente genera los sueños, sin saber por qué y desde lo más adentro de mí mismo.

La vida es como un juego en el que hay que disfrutar las victorias parciales, porque al final siempre acabarás perdiendo. Los que han jugado conmigo saben que soy muy competitivo y que me gusta mucho ganar. Cuando no hay competidor, como es el caso del senderismo, la lucha siempre es contra uno mismo. En el senderismo hay que plantearse retos, si quieres tener el placer del juego. Yo me los planteo.

Todos los retos deben ser difíciles pero posibles. Ese lema de que "nada es imposible" es un cuento y genera muchas frustraciones. Hay muchas metas imposibles, casi todas lo son. A estas altura de mi vida, yo no puedo proponerme saltar dos metros de altura o aprender chino, por ejemplo. Mis metas tienen que ir en consonancia con mis potencialidades y no perjudicarme, ni física ni mentalmente. Otra cosa es que no conozca mis límites y me encoja, es decir, que me vea incapaz de algo para lo que con esfuerzo estaría capacitado.

Ayer era domingo. Los domingos salgo a andar y ayer anduve. ¿Que no tenía camino? Tenía el pasillo de mi casa. ¿Que no tenía compañía? Tenía el murmullo de mis propios pensamientos y, sobre todo, la posibilidad de estar haciendo otra cosa mientras andaba.

Tengo uno de esos relojes modernos que dicen cuántos pasos das. Yo me había propuesto el reto de dar 10.000, los mismos que me planteo como meta diaria y casi nunca consigo. Pues bien, al acabar el día el reloj recogía más de 12.700 pasos. Satisfacción plena, meta conseguida.

domingo, 5 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 22. Nos debes una paella


5-4-2020

Juan siempre ha sido previsor, de los que se anticipan a los acontecimientos, de esos que otean desde lejos el territorio por el que deben avanzar. Antes de irse a Sevilla a estudiar, por ejemplo, hizo un curso de cocina básica organizado por el Ayuntamiento de Pozoblanco para estudiantes que debían abandonar el hogar familiar. Y creo que lo aprovechó bien, y que le sirvió para no ser como su padre, un perfecto desastre como cocinero en su época de universidad.

Aún recuerdo el día en el que, delante de mí, sentados los tres junto a la mesa de la cocina, le dijo a su hermano que no podía conformarse con saber inglés, que debía aprender otro idioma para tener un punto extra de excelencia. Él estudió alemán por su cuenta, a fuerza de voluntad, mientras sacaba adelante su carrera de ingeniero. Estuvo estudiando un año en Austria y, cuando terminó la carrera, se fue a Alemania a buscar trabajo. Lo pasó mal al principio, pero creo haber dicho aquí que su madre los educó a él y a su hermano para que fueran «fuertes y valientes» y aguantó hasta que consiguió lo que quería.

Cuando estaba en Alemania, siguió con su afición por la cocina. Juan, además de voluntarioso, es abierto, amable, solidario, comprometido, sincero… Cae bien porque es buena persona y tiene don de gentes. Estando en Alemania se compró los útiles para hacer paellas, ese plato tan español y tan dado a la celebración. Su amigo y compañero de piso Pedro y él aprovecharon la compra muy bien y organizaron numerosas fiestas en el jardín de su casa, a las que invitaban a paella a sus amigos españoles y alemanes.

Juan volvió a España hace poco más de un año, a Madrid. Ahora está más cerca y viene más a esta que siempre será su casa, aunque no tanto como nos gustaría a su madre y a mí. Como sabe que un día de Semana Santa invitamos a algunos amigos a comer, hace algún tiempo se ofreció para hacernos una paella y habíamos quedado en que fuera hoy, Domingo de Ramos. Las circunstancias, sin embargo, lo han hecho imposible.

Queda aplazado, Juan. Ya sé que no te gustará lo que escribo, que lo considerarás excesivo y te sentirás un punto avergonzado, que negarás casi todo lo bueno que de ti he dicho. Haces bien: las virtudes se ejercen, como haces tú, y, como haces tú, se niegan cuando alguien las hace públicas, o, cuando menos, se moderan. Pero qué le vamos a hacer, esto es la declaración pública de amor de un padre. Y aunque a ti te parezca imprudente, y aunque a otros les parezca exagerado, yo pienso que todo eso y mucho más es verdad. Perdóname, Juan, pero hoy tenía que decir bien alto y bien claro que me alegro mucho de ser tu padre y que te quiero.

sábado, 4 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 21. Mi calle


4-4-2020

Cuando yo era chico, las casas de mi pueblo no estaban preparadas para estar en ellas, sino para dormir en ellas, como lo demuestra el hecho de que en casi todas hubiera una especie de sala de estar de bonito o para las visitas, que tenía los mejores muebles y, por paradójico que parezca ahora, no se utilizaba nunca, y que las habitaciones fueran oscuras, frías, poco ventiladas y muy pequeñas. Los niños compartíamos habitaciones y camas. En mi caso, mis dos hermanos compartían una cama y yo, durante varios años, compartí en la misma habitación la otra cama con un primo.

La vida se hacía entonces en la "salita", que también hacía de comedor, en la que el mueble principal era la mesa camilla, que tenía una tarima de madera, un brasero de picón y una enagüillas (localismo pedrocheño de faldas), además de un cajón debajo del tablero en el que se guardaba el "plato" con los alimentos que habían sobrado de otras comidas, que siempre se sacaba de refuerzo o como segundo plato. (En algunas casas, como en la de mi abuela Petra, en ese cajón también había una torreznera).

A los niños no nos importaba la poca habitabilidad de las casas porque vivíamos en la calle. Y, por la misma razón, tampoco les importaba demasiado a nuestras madres, que eran las encargadas de nosotros. Había peligros, pero estaban más allá de la calle, en los pozos, en los tendidos eléctricos, en las peleas con los muchachos de otros barrios… La calle no era hostil, sino hospitalaria, y nos acogía de tal modo que nosotros éramos felices en ella.

Yo no creo que la patria sea la infancia, como dicen algunos, ni me siento especialmente identificado con la mía, pero sí recuerdo con mucho cariño las experiencias de calle que viví y, afortunadamente, conservo de mi calle lo más importante, los amigos. De hecho, muchos de mis amigos de ahora son los mismos que tenía cuando era chico y jugaba con ellos en la calle Demetrio Bautista de Pozoblanco, la mía, la nuestra.

Quizá venga de ahí, de mi infancia, mi fijación con lo que la calle representa. Ya lo he dicho aquí y lo repito ahora: para mi es suficiente una habitación con una cama, un ordenador y una puerta a la calle. Y soy afortunado porque, a día de hoy, tengo todo eso y mucho más, aunque la puerta se encuentre temporalmente cerrada.